domingo, 24 de septiembre de 2017

El encargo

Hace poco he tenido celebración familiar y en la comida me senté, mejor dicho, me sentaron, porque entré la última, junto a mi marido -que me reservó el sitio- y un cuñado -habitual lector de este blog- al que su esposa había aparcado allí para acomodarse ella en otra mesa.

Al estar las mesas sin nombres, la gente se sentaba según llegaba y los últimos se quedaban en asientos sueltos. En estas celebraciones siempre hay dos familias que no se conocen mucho y yo formé parte de la mesa "frontera" donde se unen personas desconocidas.

Afortunadamente, hubo una pequeña reorganización para que los más jóvenes
estuvieran juntos y no tuvieran que aguantar los rollos de los que les doblamos la edad.

-Zarzamora, tienes que escribir sobre esto -me dijo Marino, mi cuñado y admirador incondicional de mi modesto blog.

-¿De qué? -pregunté extrañada

-Pues de esto, del bautizo, de la comida, de la familia.
                   

Le indiqué que eso no tenía nada que ver con los temas que yo trato, que me iba a alejar mucho de mi "línea editorial", pero él me rebatió acertadamente diciendo que he hablado de muchas cosas no bancarias: libros, teatro, vacaciones...

Así que le estoy dando el gusto y os cuento un poquito de nuestra fiesta familiar.

Había varias mesas redondas, grandes, que en principio parece que fomentan la charla entre todos. Pero no, gran error. Solamente puedes hablar cómodamente con los que tienes al lado. Si pretendes hablar con el de enfrente tienes que gritar demasiado porque el diámetro de la mesa es muy grande. Para la conversación tranquila, lo mejor son las mesas rectangulares sin una excesiva anchura.

A mí no me importa estar con gente desconocida porque siempre te pueden aportar cosas nuevas. Pregunté por la relación familiar con el padre de la criatura bautizada, por la ciudad de procedencia... La conversación fue fluyendo cómodamente. Había una doctora de familia en mi mesa, pero no conseguí sacarle ninguna anécdota divertida, como las que yo cuento aquí. Pensé que quizá quiso pasar un poco de puntillas sobre su profesión, porque estará harta de que fuera de horas de consulta le planteen temas médicos.

Y yo tampoco detallé mucho mis cometidos laborales. Para una vez que no tenía a mis familiares cercanos dando la chapa con sus críticas a los bancos en general y al mío en particular... había que aprovechar esos momentos. Siempre tengo que estar defendiéndome de críticas bancarias. Y a mi Banco lo critico yo, pero los demás que se anden con cuidado si meten excesiva caña a la empresa que me da de comer.

El protagonista del evento, la criaturita de cuatro meses, no lloró nada; iba de unos brazos a otros con el beneplácito de sus padres, con total tranquilidad. Y si no estaba con alguien, dormía tranquilo en su cochecito. No se alteraba con nada: una delicia de bebé.



Lo único que nos disgustó de la fiesta fue el nombre de la sala donde disfrutamos del ágape: Sala Cataluña. Nunca mejor dicho, tenemos a Cataluña hasta en la sopa. Imposible obviar este monotema, ni siquiera en una fiesta familiar. Hubo consenso en el hartazgo sobre el asunto separatista y no comentamos nada de ello. Los días de fiesta y de celebración son pocos y no deben estropearse con temas aburridos. Porque hay cosas importantes que no por ello dejan de ser soporíferas.


martes, 5 de septiembre de 2017

Se acabó lo bueno

Lo voy a decir en bajito, para que no se entere casi nadie: este año he tenido dos meses de vacaciones.

He estado trabajando en agosto y, salvando la incomodidad de los calores exagerados y el menor servicio de trenes de metro, es maravilloso disfrutar de este mes en la gran ciudad.

Al principio me molestó un poco ceder mi habitual temporada de agosto a Claudio y a Felicidad, que se enrocaban en su necesidad de ir a la playa con su prole justo en ese mes. Hablé con mi familia y me dijeron que vale, que cogiera las vacaciones en otro momento y ya nos arreglaríamos. Si coincidíamos, bien, disfrutaríamos en compañía y, si no, cada cual aprovecharía su soledad, que no es mala cosa.

La situación de la sucursal la hemos controlado en este mes en que se vacía la ciudad, Lupe, mi jefa, y yo. Solamente dos empleadas. Es cierto que tuvimos un enfado del que os hablé en Alegría por la desgracia ajena pero tras un mes sin vernos (el de sus vacaciones en julio) el reencuentro fue cordial y sin rencores. 

Hemos aprovechado para archivar, ordenar y destruir montones de expedientes polvorientos. Esto último nos dio muchas satisfacciones. Fue un gusto ver tantos estantes vacíos a pesar de nuestras manos negras y nuestras ropas un poco sucias. Teníamos mucho interés en hacerlo antes de que apareciera Augusto,el director. Es un guardón y hubiera analizado minuciosamente cada documento antes de decidir si se podía eliminar. Él no solo no destruye, sino que, pese a vivir en la  era digital, acumula papeles e imprime todo lo que le envía la superioridad... ¡por una sola cara! Creo que es un claro colaborador de la desforestación mundial.

La víspera del retorno del jefe, Lupe estaba tristona. Le dolía el estómago con solo pensar en las reuniones de cada mañana orquestadas por Augusto. Adiós a los desayunos en un rinconcito de la oficina con café y bollos, adiós al relax en la hora de llegada y de salida, adiós a los comentarios banales intercalados entre las distintas tareas. Adiós, en suma, a un trabajo humano, como debería ser todo el año.

Han vuelto los directores y los directores de área que, obedientemente, siempre toman vacaciones durante agosto, y ya están inmersos en la dinámica diaria que expande negatividad en todas las oficinas. 


Siempre cuesta volver de vacaciones y Augusto confesó que se había desvelado a las cuatro de la madrugada y ya no pudo dormir más. Llegó muy pronto a la oficina, ya se encargó el portero de la finca de decírmelo. Nos trajo un recuerdito de sus vacaciones, tristemente pasadas por agua, y en ese momento me pareció entrañable. Aunque a veces sea un jefe tóxico, es humano, y esa tristeza al ver que lo bueno se acaba nos une a todos. Pensé que él en su primera juventud, como yo, también derramó
alguna lagrimita cuando la serie Verano Azul llegaba a su fin y veíamos en televisión a los veraneantes abandonar una playa lluviosa y solitaria con esa preciosa canción del Dúo Dinámico de fondo: El final del verano

martes, 1 de agosto de 2017

Te han engañado

De vez en cuando viene a mi oficina bancaria una compañera de Universidad, Marifé Cansado. Me enteré de que era de mi promoción cuando coincidí con ella en uno de esos aniversarios masivos a los que se va para reencontrarse con compañeros, saber de su vida, y comparar si  el paso de los años les ha deteriorado más o menos que a uno mismo.

Entre canapé y canapé nos vimos y descubrimos que nos conocíamos de algo.

-¿Tú eres la que me atiende en la sucursal? -me preguntó.

-La misma. Ya decía yo que tu cara me sonaba. Hemos pasado cinco años en la Universidad en distintas clases, sin conocernos, y ahora nos enteramos de que hemos sido compañeras.

A raíz de este encuentro casual, cuando aparece por el Banco, hablamos un poco más y nos mostramos mutuamente trocitos de nuestro recorrido vital.

Hoy me he enterado de que trabajó durante unos cuantos años en mi Banco en tareas más "importantes" que las mías. Pertenecía al departamento de marketing y era de las que "azuzaba" a la plantilla de oficinas para que vendiera esto o lo otro. Según Marifé, ella había estado cierto tiempo al otro lado de las trincheras, vendiendo y, cuando exigía, era porque sabía que se podía hacer.

Sí, ella también había sido exprimida y el miedo y la presión la impulsaban a vender más, alargar la jornada, cumplir objetivos. Ascendió y fue ella la que exigía al prójimo, convencida de que la exigencia sin fin era lo único que conseguía que los comerciales no se durmieran en los laureles, no se acomodaran en su "zona de confort" como dicen ahora los modernos.

-Nos han engañado a las mujeres de nuestra generación - me dice Marifé Cansado en un arranque de sinceridad, pero no de arrepentimiento- Hemos cargado con casi todas las tareas del hogar, hemos trabajado tanto o más que los hombres... Desde los 23 años no sé lo que es tener una tarde libre, siempre he salido de la oficina a las siete de la tarde o más, incluso los viernes.

Recuerdo entonces en voz alta cómo en la facultad algunos profesores nos hablaban de ambiciones profesionales, esfuerzo, progreso, expectativas. Nuestro éxito implicaba ir ascendiendo, no conformarse, ganar dinero, asumir sacrificios por la empresa, considerarla como algo propio aunque fuéramos asalariados.

Y ahí queda el recuerdo, entre las dos, como un ideal absurdo que Marifé hizo suyo. Aún no sé si lamenta haberse subido a ese carro.

-Me voy mañana de vacaciones y tengo aún montones de temas pendientes. Estoy histérica -me dice mientras guarda en el bolso las libras que encargó.

Y en ese momento la veo cansada, más vieja que yo, aunque somos de la misma hornada generacional. Padece lo que ahora se ha bautizado como "síndrome pre-vacacional". El trabajador no quiere dejar nada pendiente antes de irse de vacaciones -muchas veces pensando en los compañeros que se quedan- y se trabaja aún más de lo habitual. Se comienzan las vacaciones en un estado de agotamiento total.

-Procura olvidarte y descansar -le recomiendo, aunque sé que es difícil; yo también a veces he pasado por esto.

-No sé, no puedo. Siempre me llaman por teléfono si en vacaciones hay algún problema. 

Ella ahora trabaja en una empresa cercana a mi oficina. Cambió para "mejorar", pero parece que solo ha mejorado el salario, no la calidad de vida.

Marifé nunca ha recogido a sus niños del colegio, ni ha estado en el parque charlando con mamás y papás mientras los críos corretean en grupo, ni ha tenido tiempo de inventar cuentos en que los hijos son protagonistas y contárselos hasta que se duermen.

Pero ganaba muy buen sueldo. Los hijos iban en ruta a colegios privados. Recibían clases de música y natación. En verano viajaban al extranjero para su inmersión en inglés. La familia cambiaba de coche y de casa. La aspiración de alguien de éxito es tener un chalet. Lo consiguió: chalet en medio de la nada, con necesidad de ir en coche hasta para comprar el pan. Los chicos no han salido especialmente brillantes, pero el inglés lo dominan. Irán a Estados Unidos, allí el sistema educativo es distinto y seguramente vuelvan con un buen expediente, imposible de conseguir en España con sus capacidades. Es un dineral tenerles allí, pero para eso trabaja tanto y tiene un buen sueldo. Todo sea por la educación de unos hijos a los que apenas ha visto.


Los hijos de Marifé están ya muy metidos en la rueda maléfica que machaca a tantos de mi generación: ambiciones, trabajo, dinero, dinero y dinero. Pero veo a mis hijos y a muchos otros de los llamados Millennials y creo que quieren otro mundo, otra forma de trabajar y una vida más plena. Y quizá eso no dependa tanto del dinero. Por favor, que no os engañen como a los de las generaciones anteriores.

sábado, 22 de julio de 2017

Alegría por la desgracia ajena

¡Vaya título que he puesto! Podría disimular diciendo que esto le pasó a un amigo mío, muy amigo, como a veces hace la gente que intenta ocultar sus malas actuaciones. ¡Pero es que estoy tan contenta de que Lupe, durante mis vacaciones lo haya pasado tan mal! Vamos, que no tengo absolutamente ningún remordimiento al pensar que esta experiencia "al límite" le ha venido muy bien.

Poco antes de vacaciones tuve 
un encontronazo con Lupe, mi jefa, a la que a veces se le sube el cargo a la cabeza. Ambas nos pusimos en modo "mercadillo" y empezamos a lanzarnos dardos. El enfado no se me pasó con facilidad. Me sentí bastante menospreciada por una jefa que no me defiende y que se suma a los ataques de Augusto.

Todo empezó con los mil problemas que tenía con mi terminal, que iba mucho más lento de lo normal. Era evidente que había que cambiarlo. Se organizaban colas, pero nadie me ayudaba mínimamente.



-Que esperen.
-Es lo que hay.
-Que se hagan las operaciones por Internet
-Siempre vienen los de siempre y son clientes que no rentan al Banco.
-Los comerciales tienen que llamar y no les puedes derivar nada.
-Asúmelo, tú tienes que hacer toda la operativa, no solo la de efectivo.

Todos estos brillantes razonamientos me soltaba mi jefa ante mis educadas peticiones de ayuda. Los clientes lanzaban sapos y culebras de todos mis compañeros: en su ingenuidad pensaban que no querían atender a nadie, les era difícil ver que se estaban dedicando plenamente a hacer llamadas inútiles. 

Un cliente habitual interpuso una reclamación diciendo que en esa oficina había tenido que esperar un montón y que la única que trabajaba era la señorita de ventanilla. Esto enfureció a Lupe, que mascullaba:

-¿Sabrá este cretino quien trabaja aquí y quien no?

A pesar de mis problemas, el director me seguía exigiendo que pasara a su despacho, con el resto de compañeros, cada mañana, antes de abrir al público, para escuchar las mismas tonterías de cada día y consolidar la ineficacia más total.

Un día me harté, dije que me iba, que ese tiempo que ellos perdían lo aprovecharía para trabajar, que nadie me ayudaba en nada y que mi prioridad era la clientela. Y salí dando un portazo. Quizá lo del portazo estuvo mal, pero solo eso. Además, así no se le escapaba a Augusto el aire acondicionado de su despacho. Es el típico majadero que en invierno tiene su despacho como un horno y en verano como una nevera.

Se instaló una frialdad como la del despacho entre Augusto y yo y nos comunicábamos con monosílabos. Yo estaba encantada de esta situación. Cuanto menos trato tengo con el director, más contenta estoy.

Pero Lupe no iba a dejar pasar la ocasión. En vez de apoyar mi decisión de trabajar desde primera hora, se decantó por el apoyo incondicional al director.

-No voy a consentir un comportamiento así que está fuera de todo lugar. Que sepas que puedo llamar a personal y que te cambien de oficina.

-Hazlo, llama a personal, a ver si crees que te van a enviar a un empleado que trabaje como yo. Vas a saber lo que te espera si me voy. Yo también diré en personal que estoy sola en la oficina mientras los otros cuatro empleados estáis reunidos diariamente ¡durante dos horas!

Lo mejor estaba por venir. Tuvo que mencionar la sacrosanta venta.

-Y no eres la única que trabaja. A ver si te enteras de que tienes un sueldo gracias a lo que vendemos los demás -me soltó Lupe, bastante crecida. 

-Te olvidas del servicio pos-venta y del mantenimiento de la clientela, que lo hago bastante bien -le respondí.

En fin, así seguimos, ambas alteradas. Yo me fui de vacaciones a los dos días de este altercado y nos despedimos fríamente. Ni le dije dónde iba a ir de vacaciones, porque eso se lo cuentas a la gente que te importa, y en esos momentos Lupe me daba igual.

Cuando yo he vuelto, ella ya no estaba, había comenzado su descanso veraniego, pero la clientela y mis compañeros me han puesto al corriente. Augusto no me ha comentado nada de lo sucedido en mi ausencia. Seguimos tratándonos con fría educación.

Durante mi ausencia ha habido colas tremendas porque el terminal de caja seguía funcionando muy mal. Algunos clientes se iban hartos de esperar, otros aguantaban estoicos una hora o más. Hubo un amago de recogida de quejas por escrito entre los clientes de la cola. Lupe les ponía a todos mala cara porque ya no daba más de sí. Para ella, todos son unos viejos latosos y, desesperada, les derivaba a los comerciales. Cuando Augusto la interrumpía para que le hiciera alguna operación "por detrás" (algo que a mí me hacen con asiduidad recriminándome cuando les digo que esperen su turno), Lupe no le hacía ni caso. Tuvo que registrar seis reclamaciones de los clientes, hartos de la situación. No tenía tiempo ni de salir a tomar algo rápido que le ayudara a aguantar el ritmo.

En fin... Lupe ha tenido una inmersión total en el día a día que yo suelo tener. Ha padecido un par de  semanas caóticas en este puesto que, según todos, está condenado a desaparecer porque los importantes son "ellos", los que venden y me dan de comer. 

Pero, amigos, una cosa es la teoría y otra la realidad. Os guste o no, en las oficinas aún se maneja dinero y, de momento hay muchas Zarzamoras en este puesto. Todas las Zarzamoras del Banco nos vamos de vacaciones y, entonces, vosotros, jefecillos/as que os creéis que vais a heredar el Banco, bajáis a la arena, como los gladiadores, y sabéis lo que se trabaja aquí.

Será casualidad, pero cuando volví de vacaciones, tenía un equipo informático nuevo en ventanilla. Imagino que al verse tan desbordada, Lupe, por fin, hizo las gestiones oportunas. Cuando yo me quejaba me decía que esperara, que ya traerían el nuevo ordenador, que mi problema era que no sabía manejar el estrés.

Sí, me sigo alegrando de que lo pasara tan mal. Y me doy cuenta de que es ella la que peor maneja el estrés en situaciones límite.

jueves, 6 de julio de 2017

Famosos de distintos tipos

A lo largo de mis años en Banca he conocido a famosos, bien porque eran clientes o porque pasaban por allí. No voy a dar nombres porque no trabajo para el "Sálvame". Pero sí, hemos tenido a actores, cantantes, alguna folclórica, un adivino, políticos, ex-políticos, jueces, ricos muy ricos, locutores... 

En general he tenido poco trato con ellos porque los atendían en dirección, pero a veces ha venido alguien, de casualidad, a ventanilla, y puedo deciros que nadie salvo yo se ha dado cuenta de que un famoso entraba en el Banco. Incluso habiendo gente en la cola, nadie ha hecho el menor comentario ni le han pedido autógrafos, ni nada. Yo creo que, si quieren, los famosos pueden permanecer bastante en el anonimato. O quizá sea que la gente nunca espera encontrarse a una cara conocida en la cola del Banco. Es un lugar que carece del suficiente glamour.

Yo, más que en las caras, me fijo en los apellidos, y soy un poco rara. Reconozco a parientes o descendientes de gente "conocida" y suelen sorprenderse, para bien, porque en este siglo XXI les resulta difícil encontrarse con alguien que recuerde a sus ancestros.

Eso me pasó con un descendiente de Rosa Chacel. El apellido no es nada común y aventuré la pregunta.

-Disculpe, ¿tiene Vd. algo que ver con la escritora?

La verdad es que no he leído nada de ella, pero me sonaba el nombre de cuando en el instituto estudiaba literatura.

Sí, el hombre era sobrino lejano y me dijo que él tampoco había leído nada de su tía, que le parecía demasiado "denso". Con esta recomendación no sé si me animaré.

Mi última "intromisión" fue con un muchacho joven que tenía el apellido compuesto Vázquez Díaz en el DNI.

-¿Eres familia del pintor?

- Eres la primera que me dice algo así. Era mi bisabuelo. Nunca nadie me ha dicho que si soy familia del pintor. Lástima que no haya venido con mi abuela, te aseguro que hasta hubiera llorado de emoción.

A veces las circunstancias son favorables y disfruté de un momento tranquilo en la ventanilla. Pudimos hablar de sus cuadros, de lo bonito y dulce que me parecía el colorido de las obras de  Daniel Vázquez Díaz y de la forma en que conocí sus pinturas.


Vázquez Díaz, Daniel
Fábrica bajo la niebla

     Resultado de imagen de desnudo del pintor Vazquez diaz

Durante muchos años estuve yendo a talleres de arte con un pintor. A veces dejábamos volar la imaginación y, otras, nos inspirábamos en obras de artistas que elegíamos cada uno con total libertad. En casa de mis padres había cada año una agenda que regalaba la extinta Caja Postal. Eran preciosas, con reproducciones de gran calidad de cuadros de pintores españoles. Así, hojeando esas agendas, descubrí a Vázquez Díaz y ahora tengo en mi casa un cuadro pintado con ceras en tonos azulados, que es una interpretación de un desnudo de este pintor del pasado siglo.

No he encontrado en la red el original que me sirvió de modelo, pero os incluyo algunos cuadros suyos para que veáis el bonito colorido de este pintor al que calificaban de neo-cubista.

A veces el trabajo te da sorpresas y yo, con mi curiosidad y mis preguntas, alegro el día a gente que ve cómo sus familiares aún son recordados.

lunes, 12 de junio de 2017

El triunfo de lo absurdo

El otro día llegó un compañero del Banco, encorbatado, del departamento de tecnología. Mis esperanzas de que nos arreglara el sistema informático, que va lento, lento, desde el famoso ataque cibernético de hace ya un mes -quizá sea casualidad-, o mejorara la sensibilidad de la puerta de entrada, que pita hasta con el papel de plata de un bocadillo de mortadela, se vieron frustradas.

Su trascendental misión era habilitar una conexión telefónica en un despacho sin uso, en un rincón, sin ventilación y de aspecto deprimente. Ahí se tienen que encerrar diariamente dos horas los comerciales de la oficina, Claudio Bobo y Felicidad, para llamar sin interrupciones a sus clientes y convencerles de las bondades de nuestras ofertas bancarias. 

A las dos horas diarias de inútil reunión con Augusto, el director, se suman dos horas más en funciones de teleoperador, pero sin los cómodos auriculares que ellos tienen. Mis pobres compañeros anotan como pueden mientras sujetan el teléfono en imposible equilibrio entre el hombro y la mejilla haciendo extrañas torsiones.

                     

¿Qué tiempo les queda para su labor bancaria habitual? Pues si descontamos el ratito del desayuno y los minutos de ir al lavabo, trabajan tres horas y media al día en atenciones a la clientela que está de "cuerpo presente".

Felicidad lleva mucho peor estas estupideces. Claudio obedece, como hacen en tantas órdenes religiosas en que el voto de obediencia es obligado y, a la larga, resulta cómodo porque les libra de responsabilidades: el obediente nunca se equivoca, dicen. Mi compañero parece acatar dócilmente esta "nueva idea" de la dirección de zona, pero en su interior reina la rechufla, el recochineo, la pedorreta burlona.

-Mira las llamadas de ayer -y me mostraba un pulcro folio con nombre, teléfono y resultado de sus contactos- la gente está harta de las llamadas de los Bancos, de las eléctricas, de la compañía de seguros... No he sacado nada en limpio. Los que han contestado han aprovechado para contarme problemas que tienen con el Banco y pedirme que se los solucione. Pero no he conseguido vender ni un colín.

-¿Y no te deprimes?

-¿Yo? ¿Deprimirme por esto? Si quieren que llame, llamo, y si quieren que barra, barro; cumplo mi horario y en casa me olvido de esto. 

Algunos clientes ya le han dicho que no les "acose" tanto. Le obligan a llamar y llamar pero como la cartera de clientes es limitada, y él es tan obediente y telefonea de verdad, hay quien  recibe una llamadita de Claudio cada 10 días y se enfada ante tanta insistencia.

Eso le pasó a Juan Tenorio, el cliente "libidinoso" del que tanto os hablo. Claudio llamó a su casa preguntando por su hija para intentar venderle un plan de pensiones, pero la hija ya no vivía allí y Juan cogió el teléfono en mitad de su ingesta de sopa y reconoció la voz.

-A ver, ¿qué me quieres vender esta vez? Estoy comiendo y no quiero nada nuevo. Tú eres Claudio, que está al lado de esa chica que no sabe hacer nada ¿verdad?

Juan se refería a Felicidad, con la que un día se sentó y no quedó conforme con su asesoramiento. Desde ese día no se aguantan. Él opina que Feli es una inútil. Ella le cataloga de viejo maleducado.

Tampoco Claudio soporta a Juan, pero aguantó el tipo.

-Mire Juan, yo preguntaba por su hija. Si no vive allí, todos tranquilos, cuelgo y no le interrumpo más.

Pero Juan había olvidado ya su sopa; era mucho más entretenido criticar a todo el personal.

-¿Y Augusto? ¿Está por ahí? Vaya elemento. Otro que nunca me saluda y, cuando lo hace, es para intentar venderme algo. Que quede claro que no voy a meterme en nada, nada, nada nuevo.

Claudio consiguió despedirse con dignidad, no sin antes escuchar un último mensaje de Juan.

-Dile a Zarzamora que ya me pasaré una mañana por ahí, a ver si la invito a jamoncito del bueno.

Esa es la ventaja que tengo. No tengo que llamar y los clientes aún no huyen de mí. Y algunos como Juan, hasta me invitan a tapitas de jamón.

jueves, 1 de junio de 2017

Pesadilla en fin de mes

Los días de fin de mes, cuando llego al trabajo, respiro hondo, intento relajarme, cubrirme con una coraza y mantenerme imperturbable durante la mañana. Llevo muchos años sufriendo el fin de mes y sigo sintiendo los nervios agazapados en el estómago cuando llega el día 30 o 31. No puedo evitar esa sensación de que si algo malo puede pasar, pasará.      

Porque en este Banco de ¿mis amores? no, más bien de mis horrores, los problemas aparecen en estas jornadas de mayor afluencia de público, pese a la Banca "on line", los cajeros, las "app's y toda la parafernalia informática que parece que hará desaparecer la clásica sucursal.

Hoy es jueves y llevo toda la semana padeciendo la lentitud del "sistema". Tecleo los números de cuenta sin mirar, a gran velocidad, como siempre hago, y en la pantalla aparecen "goteando" con parsimonia, no inmediatamente. Los procesos se bloquean y tardan tanto que no sé si debo esperar o empezar de nuevo. He de reiniciar constantemente.

El público se agolpa y me ven esperando, desesperada, a que el proceso continúe a su ritmo exasperante. He hablado con otros compañeros para consolarme. En casi todas las oficinas están igual.
Resultado de imagen de imagenes de cola de gente
-No sé lo que estarán haciendo (los de informática)
-Algo deben estar tocando, o descargando,y nos afecta. 

Son las frases que intentan explicar lo inexplicable, lo desconocido. Ni yo, ni la mayoría de la plantilla afectada, sabemos qué sucede. Ya nos da igual. Son tantos fines de mes durante tantos años en que algo se estropea, en que los procesos funcionan peor de lo habitual, que nos hemos acostumbrado a convivir con el caos.

Resignación, esa es la palabra. En este Banco de mis horrores sé que suele suceder lo peor. Lo sufriremos y nunca se nos dará una explicación convincente. Nos quedamos como tontos, aguantando la mirada de los clientes y repitiendo como una letanía "hoy el sistema va un poco lento" ¿Un poco lento? Si casi me da tiempo a ir al lavabo entre respuesta y respuesta del terminal.

No, por favor, que no me cuenten más bobadas de Banco digital, de nuevos procesos, que no me digan que somos punteros. Que no pretendan que dé la cara por mi empresa y la defienda a capa y espada. ¿Cómo? Si no puedo dar una explicación lógica, si parece que somos una filial de la British Airways y hemos copiado su caos.

Estoy cansada de fingir cuando querría gritar a todos: "Mi Banco es una mierda". No nos cuida, no nos defiende; solo exige, presiona y nos deja tirados a los pies, no de los caballos, sino de los clientes.

jueves, 18 de mayo de 2017

Si tú me dices ven... lo dejo todo.

He conocido recientemente a dos personas que han dejado sus países de origen, sus trabajos, sus amistades de toda la vida, y se han instalado en otros parajes, más en contacto con la naturaleza. No necesariamente les ha dicho "ven" una persona -en uno de los casos sí se mezcló el amor- sino un conjunto de factores: sosiego, belleza de los lugares, posibilidad de huir de una rutina agobiante...




Dejarlo todo y empezar de nuevo. Para que esto suceda, además de esta "llamada" normalmente existe previamente una crisis vital, un hastío, una reflexión acerca de quien eres y dónde quieres ir y una edad madura en que la persona se dice "ahora o nunca"

Estoy dando vueltas a este asunto porque en mi Banco he conocido a muchos compañeros en situaciones de tensión y de desaliento. Muchos días que son los mismos días, con la misma clientela, con los mismos jefes lanzando consignas repetidas hasta la saciedad. El trabajo es percibido como una rueda monótona e infernal que destruye cada vez más el ánimo del trabajador. El sueño no es relajante porque es la antesala de otro día igual. Los despertares son agónicos porque después viene otro jornada de "lidia" con jefes y con clientes. 

Los hombres y mujeres de la Banca también lloran. Tal cual. No es una frase. Cuando les han reprendido desconsideradamente por no haber cumplido sus objetivos . Cuando se les ha impuesto un traslado. Cuando se les ha menospreciado.


En mi Banco hay motivos para el desaliento, para tirar la toalla y buscar nuevos horizontes. Pero no he conocido a nadie que lo haya dejado todo, laboralmente, en busca de una tranquilidad psicológica perdida.

Creo conocer los motivos de esta inacción. Somos españoles y en nuestra cultura subyace la importancia que se ha dado, generación tras generación, a tener un trabajo fijo y seguro. Y trabajar en un Banco cumple ese requisito a la perfección.

Me muevo entre  personas de 45 a 55 años, con una familia consolidada, y estabilidad presupuestaria y no quieren arriesgar esa tranquilidad económica buscando inciertos horizontes.

Llevamos muchos años haciendo lo mismo. Hemos olvidado los conocimientos que aprendimos en nuestras carreras. Tenemos un bonito título polvoriento,en recia cartulina con arabescos en los bordes, vacío de saberes. ¿En qué nos emplearíamos con esta edad y estas limitaciones? Además, nos consolamos, todas las empresas son similares: exprimen al trabajador y no facilitan la vida familiar. Nos consolamos mutuamente con el dicho: "más vale malo conocido que bueno por conocer"

Yo dejé una pequeña empresa en busca del horario de mañana de la Banca. Sigo siendo de las privilegiadas que no trabajo por las tardes. Para ello renuncié a cualquier posibilidad de ascenso, porque sabía lo que implicaba. Reconozco que soy tradicional: mi trabajo, mi familia, mis vacaciones, mi sueldo a fin de mes. Tener todo bajo control me da tranquilidad. Pienso que en todos los sitios cuecen habas y no me atrae el cambio. 

Aunque en ocasiones perciba en mí sensaciones como las descritas al principio, las suelo padecer en estado leve debido al escalafón profesional en que estoy. Trabajo mucho, más que mis compañeros, pero afortunadamente, no tengo esa presión psicológica constante que ellos sufren.

Sería feliz trabajando menos. No me importaría rebajar mi nómina y trabajar tres o cuatro días a la semana. Pero mi empresa no contempla eso. Y si lo hiciera, probablemente acabaría haciendo el mismo trabajo que ahora en menos días; estaría constantemente con la lengua fuera. En fin, que trabajaría lo mismo y ganaría menos. Las empresas son así: bajas, vacaciones, maternidades... nunca se cubren con otro empleado.

No he sentido esa llamada para dejarlo todo y cambiar de vida. Soy feliz, estoy tranquila. Si no puedes hacer lo que quieres -y muchas veces es difícil saber lo que uno quiere- hay que aprender a amar lo que se hace, y a sacar de tu trabajo todo lo que tiene de positivo y de divertido.

Admiro a los que son capaces de cambiar sus vidas tan radicalmente. No sé si es mejor, o peor. Yo no tendría la valentía de hacerlo.

martes, 9 de mayo de 2017

Pastueños

Hace unos días llegó a la oficina Juan Tenorio, ese cliente del que os hablé en la entrada El cliente libidinoso que tenía el apetito sexual un poco desatado para ser ya un abuelete.

Le vi sin tantos afanes de ligoteo senil, no sé si debido a una reciente operación de próstata de la que él no me dijo nada, pero de la que yo ya estaba debidamente informada por un vecino suyo que me pone al día de todos los cotilleos del barrio. Le faltaba ese aire conquistador y se le notaba más enfadica, más irascible.

Mientras yo le atendía me comentó bajito, con aire conspirador:

- Mira a ese señor que está ahí -y señaló discretamente con una mirada sesgada- yo lo conozco de cuando trabajaba en el Ministerio. Vagabundeaba por los pasillos, iba de un sitio a otro, siempre había quedado con alguien para algo importante. O eso era lo que decía. Estaba lleno de proyectos y de negocios "millonarios". ¡Un pobre hombre con pájaros en la cabeza! ¡Cómo la lechera del cuento! Un pesado.

El señor al que se refería era un cliente al que yo conozco desde hace muchos años y bastante peculiar. Leonardo de Vicente se define como inventor, innovador, artista integral, incomprendido revolucionario de las bellas artes, artesano minucioso...



Admirado, cotizado, renombrado, único, reconocido... siempre según sus propias palabras. Yo todavía no conozco ninguna de sus obras y a su modesta cuenta corriente de vez en cuando le salen telarañas.

Leonardo, el artista, se acercó al largo mostrador tras el que atiendo. Es largo porque está preparado para dos empleados, pero yo nunca he tenido compañía. Invadió peligrosamente el espacio vital a la derecha de Juan Tenorio, que en ese momento, contaba sus billetes.

-¿No ve que me están atendiendo? ¡Un poco de respeto! -gritó Juan airado- Aléjese y póngase en la cola.

-Oiga, buen hombre, no son formas de dirigirse a mí. Simplemente estaba aquí ordenando unos papeles en mi carpeta. ¡Cómo si a mí me importara lo que Vd está haciendo!

Ya veía yo que los dos gallitos añosos estaban a punto de enzarzarse.

-Leonardo, por favor, colócate detrás. Esta es zona de dinero y hay que mantener la intimidad del cliente. Y tú, Juan, tranquilo, que el señor se ha puesto cerca sin mala intención. 

Conseguí apaciguarlesJuan finalizó sus operaciones y mascullaba bajito contra el artista. Al marcharse ambos se dirigieron una mirada retadora y despreciativa sin mayores consecuencias.

Le llegó el turno a Leonardo y, ya sin enemigo a la vista, se desahogó.

-Habráse visto semejante pastueño. Si me hubieras dejado le pego un repaso... en buen plan, por supuesto. Yo manejo la oratoria como nadie, tengo verbo, empatía, don de gentes. Se me da bien la dialéctica y el parlamento. Soy elegante en el uso de la metáfora, la manejo con soltura. Nada más verle he captado el biotipo de ese individuo. Es un mercachifle sin recurso verbales, un ignoto, un maleducado.

Me quedé anonadada ante tanta verborrea y solo acerté a decir:

-¿Y eso de pastueño?

-Viene de pastar, que es lo que debería hacer: estar en el campo, como las vacas, pastando, que su inteligencia no da para más. Como te he dicho, es un ignoto.

En cuanto Leonardo acabó su perorata y ¡por fin! se marchó, anoté todas las palabras para no olvidarlas y lo primero que hice fue buscar en el diccionario "pastueño". Así se llama al toro bravo que acude sin dudar a la muleta o la capa del torero.

Según ese significado, ambos son unos pastueños: Juan Tenorio y Leonardo, porque ambos se pican por tonterías y se enzarzan sin sentido en discusiones.

Y lo de ignoto (que no se conoce o no ha sido descubierto) fue un error de mi sabio amigo Leonardo, porque decía ignoto y pensaba en el adjetivo ignorante.

Por último, mercachifle (vendedor ambulante, comerciante de poca monta) creo que le va más a Leonardo. Al menos eso parecía él en la época en que deambulaba por el Ministerio intentando hacer negocios y vendiendo su arte y sus inventos.

Espero no tener que lidiar más con este par de pastueños.





miércoles, 19 de abril de 2017

Mario es especial

A veces digo que "he heredado a Mario", a sus revistas de pasatiempos y a sus fotocopias con corazones y mensajes de alegría y entusiasmo.

Mario viene a la ventanilla de mi oficina desde hace muchos años, antes de que yo ocupara ese puesto. Siempre se dirigía a la caja y mis antecesores le compraban un librito de pasatiempos para ayudar a una organización de sordos y le sellaban la hoja donde se apiñaban sellos de los más variopintos comercios.

Hay días de mucha tralla en que cuando veo aparecer a Mario pienso, egoístamente, que me viene mal atenderle, que me va a entretener, que ojalá no hubiera entrado por la puerta. Que no tengo tiempo para él y no puedo conversar.

Mario, a veces, sorprende a los clientes. No controla su "voz" y emite unos ruidos que parecen graznidos, o simulan el "Uhh, uhh, uhh" con el que amenizamos los cuentos de los niños cuando aparece el fantasma o la bruja. Y "habla" alto. He visto a más de un cliente dar un respingo, asustado.

Cuando noto inquietud ante esos sonidos inesperados, enseguida digo: 

-No se preocupen, es sordo.

Sí, digo sordo, como reza la pegatina de sus pasatiempos: "Asociación de sordos". Ya sé que en esta época tonta que nos toca vivir lo "correcto" es decir "discapacitado auditivo" o "persona con otras capacidades", pero yo soy así de económica con las palabras.

Cuando le llega el turno a Mario se golpea el corazón con el puño y me señala. Es su forma de decir que está contento de verme, que me aprecia. Despliega un folio con el alfabeto y va marcando letras.

-Buenos días
-¿Y la familia?
-Biene el día frío.
-Ai mucha jente hoi aqi

Sí, a veces me cuesta entender a Mario por sus faltas de ortografía al marcar las palabras en su alfabeto.

Yo le contesto despacio para que me lea los labios, y bajito, porque total... no oye.

        Resultado de imagen de sordos

A veces se ha cruzado con Augusto, el director de la oficina.

-Uhh, uhh, uhh- le grita mientras extiende su mano.

Augusto le rehúye y se escapa diciendo "estoy muy ocupado" entre dientes. Mario hace un gesto de desprecio, como quitándose enérgicamente motas de polvo de la chaqueta y vuelve a enarbolar su abedecedario.

-¿Qué le pasa a tu gefe? Solo quería saludar.

Intento excusar al que no merece ninguna disculpa y le digo vocalizando cuidadosamente:

-Ya sabes, los jefes siempre están muy ocupados.

Pero Mario no es tonto y se ha dado cuenta de que su mano ha quedado ahí sola, colgando, ignorada por el director.

-Es un maleducado- vuelve a marcar en su alfabeto. 

Le pago la sopa de letras y le pongo un sello en su hoja de visitas. Él me regala una fotocopia con el dibujo de una rosa y un mensaje que dice: Las mujeres son las rosas más bellas.

Le veo marchar. Quizá no vuelva hasta dentro de dos meses y me alegro de, a pesar de las prisas y la gente, haberle dedicado un tiempo. Los clientes le despiden con una sonrisa, ninguno se ha impacientado. Me ha alegrado la mañana con sus mensajes positivos.

Muchas veces pretendemos ser voluntarios o solidarios en lugares lejanos y nos olvidamos del cariño que necesitan los que están más cerca de nosotros. Cuidemos a todos los Marios que nos rodean.