miércoles, 19 de abril de 2017

Mario es especial

A veces digo que "he heredado a Mario", a sus revistas de pasatiempos y a sus fotocopias con corazones y mensajes de alegría y entusiasmo.

Mario viene a la ventanilla de mi oficina desde hace muchos años, antes de que yo ocupara ese puesto. Siempre se dirigía a la caja y mis antecesores le compraban un librito de pasatiempos para ayudar a una organización de sordos y le sellaban la hoja donde se apiñaban sellos de los más variopintos comercios.

Hay días de mucha tralla en que cuando veo aparecer a Mario pienso, egoístamente, que me viene mal atenderle, que me va a entretener, que ojalá no hubiera entrado por la puerta. Que no tengo tiempo para él y no puedo conversar.

Mario, a veces, sorprende a los clientes. No controla su "voz" y emite unos ruidos que parecen graznidos, o simulan el "Uhh, uhh, uhh" con el que amenizamos los cuentos de los niños cuando aparece el fantasma o la bruja. Y "habla" alto. He visto a más de un cliente dar un respingo, asustado.

Cuando noto inquietud ante esos sonidos inesperados, enseguida digo: 

-No se preocupen, es sordo.

Sí, digo sordo, como reza la pegatina de sus pasatiempos: "Asociación de sordos". Ya sé que en esta época tonta que nos toca vivir lo "correcto" es decir "discapacitado auditivo" o "persona con otras capacidades", pero yo soy así de económica con las palabras.

Cuando le llega el turno a Mario se golpea el corazón con el puño y me señala. Es su forma de decir que está contento de verme, que me aprecia. Despliega un folio con el alfabeto y va marcando letras.

-Buenos días
-¿Y la familia?
-Biene el día frío.
-Ai mucha jente hoi aqi

Sí, a veces me cuesta entender a Mario por sus faltas de ortografía al marcar las palabras en su alfabeto.

Yo le contesto despacio para que me lea los labios, y bajito, porque total... no oye.

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A veces se ha cruzado con Augusto, el director de la oficina.

-Uhh, uhh, uhh- le grita mientras extiende su mano.

Augusto le rehúye y se escapa diciendo "estoy muy ocupado" entre dientes. Mario hace un gesto de desprecio, como quitándose enérgicamente motas de polvo de la chaqueta y vuelve a enarbolar su abedecedario.

-¿Qué le pasa a tu gefe? Solo quería saludar.

Intento excusar al que no merece ninguna disculpa y le digo vocalizando cuidadosamente:

-Ya sabes, los jefes siempre están muy ocupados.

Pero Mario no es tonto y se ha dado cuenta de que su mano ha quedado ahí sola, colgando, ignorada por el director.

-Es un maleducado- vuelve a marcar en su alfabeto. 

Le pago la sopa de letras y le pongo un sello en su hoja de visitas. Él me regala una fotocopia con el dibujo de una rosa y un mensaje que dice: Las mujeres son las rosas más bellas.

Le veo marchar. Quizá no vuelva hasta dentro de dos meses y me alegro de, a pesar de las prisas y la gente, haberle dedicado un tiempo. Los clientes le despiden con una sonrisa, ninguno se ha impacientado. Me ha alegrado la mañana con sus mensajes positivos.

Muchas veces pretendemos ser voluntarios o solidarios en lugares lejanos y nos olvidamos del cariño que necesitan los que están más cerca de nosotros. Cuidemos a todos los Marios que nos rodean.

martes, 4 de abril de 2017

No somos nada

No somos nada cuando falla la tecnología que envuelve todas nuestras horas laborales. Todo nos sobrepasa, nos sentimos inermes y asustados. No podemos cerrar la puerta de la sucursal; hemos de dar explicaciones y minimizar los fallos de la empresa que nos da de comer.

Los clientes, contrariados, exigían explicaciones, querían saber donde estaba ese dinero que no aparecía en ninguna pantalla. No entendían cómo no les podía dar billetes si estaban en mi cajón. Todo eso pasó el día del colapso. 

El director, fiel a su estilo lánguido, hundía su corpachón en el sillón del despacho y esperaba que pasara la tormenta cuanto antes. No fue una tormenta de primavera pasajera, fue un auténtico tsunami que asoló aleatoriamente a multitud de oficinas que quedamos paralizadas durante toda la jornada.

No somos nada cuando no estamos conectados a ese cordón umbilical que es nuestro "servidor", ese "dios" que  cada mañana nos proporciona la materia prima con la que trabajar: correos, transferencias y recibos pendientes, comunicación de incidencias, resolución de problemas, informes variados, datos y situación de cada cliente... Todo está ahí.

Al comenzar la jornada una pantalla negra, con blancas palabras en inglés se resistía, impertérrita, a nuestros intentos de eliminarla. Buscábamos la imagen de inicio de cada día. Esa pantalla amiga que pasamos casi sin verla, cuando encendemos el ordenador de forma casi automática y pulsamos "intro" una y otra vez, sin apenas mirar, como viajeros habituales  de una línea de metro que ya no miran las indicaciones.

¡Ha fallado el sistema! ¡Se ha caído! ¡No conectamos! Buscamos teléfonos de compañeros en nuestros listines particulares porque el sistema, con su encefalograma plano, no nos permitía acceder a correos, no podíamos poner consultas a los departamentos correspondientes para que nos aclararan algo. Estábamos aislados, esperando el rescate.

Era algo grave. Todos teníamos algún colega, en distintas oficinas, afectado. Nos consoló un poco saber que era "mal de muchos" y no algún desastre propio. El Banco desplazó físicamente a multitud de empleados de una subcontrata amparada en otra contrata mayor que se encarga del servicio informático a las sucursales. Lo arreglaron. No sé cómo. Posiblemente ellos tampoco sepan cómo con tanto parche y remiendo el "sistema" sigue funcionando. La muchacha que llegó para ayudarnos llevaba un día agotador. Dudo que la pobre hubiera comido algo. No sé si luego durmió bien, porque ni ella ni sus compañeros tenían la certeza de que el "sistema" respondiera al día siguiente.

Llegó el temido amanecer y todo funcionaba. Lenta y perezosamente -estilo Augusto- pero funcionaba. Después de un día de paro forzoso había mucho por hacer. Al director le ha dado igual. Hasta las diez de la mañana han estado todos mis compañeros escuchando sus soflamas y recibiendo sin chistar su bronca porque les ve "muy relajados".



El día del colapso funcionaba un ordenador: el portátil que Augusto, como jefe, tiene asignado. Podía haber hecho todo lo urgente, o haberse ido a dar una vuelta y dejar el aparato a Lupe, la subdirectora,  para que lo gestionara todo. No lo hizo. Quizá estaba pensando en la reprimenda del día siguiente a los comerciales.

Siendo así de mala persona que, por favor, no nos vuelva a hablar de "trabajo en equipo" porque dicho por él suena tan falso...

lunes, 20 de marzo de 2017

La triste llegada del lunes

Cuando era pequeña las tardes de domingo me sumían en una tristeza apenas mitigada por la visita de mis tíos, que solían presentarse en casa en esas tardes frías y lluviosas de invierno, nos preguntaban "¿Qué tal por el colegio?" y se enfrascaban en discusiones políticas en esa época en que el franquismo estaba en su recta final.

Yo dibujaba en los cristales empañados y llorosos mientras el calorcito del radiador se pegaba a mis piernas, y pensaba en lo felices que serían los domingos por la tarde si no les siguiera una semana de colegio.

Lo he ido superando y, salvo en momentos concretos, no llevo mal los lunes. No soy de las que entra en la oficina arrastrando los pies y con suspiros lastimeros.

Augusto, el director, comienza serio la semana. Recluido en su "guarida", para que no se escape el calor, ni siquiera saluda. Nunca pregunta nada de carácter personal. Ni un solo comentario del tipo "Qué tal el fin de semana". Creo que tras varios años teniéndole de jefe, aún no sabe qué estudian mis hijos, ni su sexo, ni a qué se dedica mi marido.

Entiendo que no puede estar animoso cuando cada lunes se inaugura con un "discurso" de su jefa inmediata. Lamento constatar que muchas mujeres, cuando llegan a puestos directivos, adoptan las peores maneras masculinas y las exageran, quizá para sentirse más integradas en ese mundo de "machitos". En lugar de favorecer la empatía, la conciliación, el buen ambiente, parece que se digan a sí mismas: "A cabrona no me va a ganar nadie". Maltratan psicológicamente, comparan, exigen por encima de lo humanamente posible, abruman con absurdas peticiones de datos. Mis compañeros viven en un estado desquiciante, de continuo examen.

Así es la Sra. Cadenas, la jefa de Augusto, que cada lunes le mantiene pegado al teléfono durante media hora con una verborrea ininterrumpida salpicada de "vales", que es su muletilla, y de "prioridades". Enlaza una exigencia con otra sin apenas tiempo de coger aire.

Augusto nos convoca a todos en el interior de su asfixiante despacho, con la moqueta vieja y desgastada, y unas plantas artificiales cubiertas de costras de polvo. Quizá piensa que las penas, compartidas, son menos duras. Él y los demás directores de la zona de la Sra. Cadenas, todos rodeados de su séquito de empleados, con el altavoz del teléfono activado, reciben las consignas semanales en que todo es prioritario. 





Cuando se vomitan órdenes sin parar se fomenta la desesperación, la frustración, la desgana y... el engaño. Se inventan llamadas, se falsean contactos, se realizan visitas sin sentido, simplemente porque lo ha ordenado la Cadenas, que cree que el futuro de la Banca está en visitar y visitar a "puerta fría".

No sé realmente qué hace esta jefa, salvo transmitir órdenes, dar el discurso los lunes, abrumar a diario con correos reiterativos que son más de lo mismo, convocar reuniones a horas no laborables y... embolsarse primas en función de los resultados globales de su zona.

Claudio Bobo, que realmente es el más listo, se inventa muchas cosas. Sabe que la súper jefa Cadenas nunca comprobará si ha llamado a ese cliente o ha visitado a la empresa X. Solo quiere unos numeritos más que decoren su hoja de cálculo global.

En fin, comenzar así la semana amarga a cualquiera. Imagino que los domingos Augusto también mirará por su ventana, suspirará y deseará que no haya lunes en los calendarios.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Celos

Lupe, mi jefa, está celosa. "Celos" tontos de mí, de que pueda quitarle a su "nueva-amiga-compañera-con la que salir a tomar café". Estoy escribiendo y me río, porque su comportamiento denota inmadurez, timidez, falta de autoestima y... cierta dosis de "aquí estoy yo que soy la jefa".

Hace cerca de un mes llegó una compañera en sustitución de Maripi Jalón, aquella empleada que dedicaba las mañanas a mirar su móvil (pincha aquí) y jamás repetía modelito (de marca, por supuesto). Maripi fue trasladada a una sucursal totalmente renovada donde lucirá su palmito mejor que aquí, donde todo, clientela, y mobiliario es ya un poco "viejuno".

Felicidad Bueno, la nueva empleada es de mi quinta y entramos en Banca el mismo año. Cada una empezó en una entidad diferente, pero el azar de las fusiones ha hecho que acabemos compartiendo oficina. A pesar de que la han alejado de su casa y tiene que madrugar mucho más para llegar a este barrio, a pesar de que fue desplazada para dejar hueco a algún enchufado, llegó contenta y optimista, deseando agradar y trabajar. En fin, la antítesis de Maripi, su antecesora.

Ella no conocía mucho esta zona y me ofrecí a enseñarle algunos lugares donde tomar algo y, otros, de posible captación de clientela. Salimos un día y sintonizamos bastante bien. Me agradeció todos los detalles que le conté de clientes de su "cartera" a los que yo ya conozco bastante bien.

Pasaron varios días. La sucursal estaba tranquila. Pensábamos salir nuevamente las dos.

-Zarzamora, no puedes salir con Feli todos los días -me espetó Lupe seria, con los brazos cruzados sobre su oronda tripa.

-¡¡¡¿Quéeee?!!!- Le respondí indignada- Os quedais suficientes personas para atender al público y hoy todo está tranquilo. Es la segunda vez que voy a salir con ella, así que lo de "todos los días" sobra.

-Es que tiene que aprender a manejarse en la ventanilla cuando tú no estás -replicó cortante, irguiéndose y enderezando su voluminoso pecho.

Felicidad es comercial y no tiene mucha idea de mi trabajo; es más, según los criterios organizativos del Banco, no debería realizar mis tareas. Es mi jefa la que ha de sustituirme cuando no estoy, pero empiezo a notar que mis funciones se las endosa al resto de compañeros. A Lupe se le pegó la vagancia de Maripi, cuando la tuvo de "mejor-amiga".

Feli no quería problemas.

-Deja, Zarzamora, ve tú, ya saldré luego -dijo suavemente.

Y así quedó la cosa, me marché con mi novela, la segunda de la trilogía del Baztán, de Dolores Redondo, a leer un poco, tomar algo y olvidarme de la bruja de mi jefa.

Ese día Lupe salió con Felicidad. Y otro, y otro, y otro... Ya ha conseguido su propósito: tener una "mejor-amiga" con la que salir en el ratito de descanso. No sabe estar sola y necesita a alguien. Si no, no sale. Temía la posibilidad de que la nueva compañera prefiriera mi compañía y estableciéramos una rutina diaria de salidas juntas.

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Lupe es mala. Mi entrada "Maldad" sucedió antes de lo que aquí relato. Quizá ésta debiera haberla titulado "Maldad 2" Ahora me echa en cara cualquier "exceso" relacionado con los horarios. Fui a los análisis médicos de la empresa y al volver, me dijo seria:

-Has tardado mucho

-Porque había compañeros delante, porque vuelvo en metro y no sé si sabes que había huelga de maquinistas (qué va a saber esta del metro si no despega el culo del coche) y porque he tenido que desayunar después del análisis- le contesté manteniendo la calma.

Se está volviendo conmigo inquisitorial, controladora, desagradable... Pero ¡ay! cuando sale con su nueva amiga, el tiempo no existe. Lo siento por Felicidad, no hay nada peor que tener una compañera fija de café. Y Lupe se le ha pegado como una sanguijuela. Yo soy feliz teniendo ese ratito de lectura a media mañana. No necesito más. Seguro que me entendéis.

martes, 21 de febrero de 2017

Maldad

Hace unos días una pareja de buenos clientes, aunque un poco secos, estaban haciendo unas gestiones con Claudio Bobo.

En mi Banco cualquier apertura de contrato lleva más papeles y firmas que un acuerdo internacional entre grandes potencias. Así somos, los más chulos, hacemos firmar al cliente hasta que tiene calambres en las manos. ¿Y decían que la era digital eliminaría papeles? ¡Ja!

Con tanto papeleo y tanta tardanza era normal que la mujer necesitara ir al lavabo. Se levantó y se lo pidió a Lupe, la subdirectora.

-Buenos días ¿Podría ir al baño, por favor?

Lupe no levantó la vista de sus papeles. Con cierto tonillo de desprecio le dijo:

-Es que los lavabos son privados y no puede entrar cualquiera.

La cliente se empezó a enfadar.

-Mire, si quiere me hago pis aquí mismo.

Lupe seguía en sus trece. Si, como a mí me dijo después, pensaba acompañarla al excusado, no se notaba ni en su tono ni en sus palabras.

-No se ponga así. Lo único que digo es que los lavabos de una empresa no están a disposición de cualquiera y por seguridad no podemos permitir el paso, pero...

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Imagino que tras ese "pero" mi jefa pensaba ser magnánima y la hubiera acompañado, pero la mujer ya no podía más.

-¿Le estoy pidiendo un pequeño favor y me sale con esas? Le voy a decir a mi marido que cancele todas las cuentas. Es Vd. una indeseable.

Y se marchó a la calle, en busca de algún bar -lejano, por cierto- donde poder hacer pis.

Que forma más tonta de perder clientela. Es muy raro que la gente pida entrar al baño. No entiendo como Lupe tuvo tan poca sensibilidad. A veces las peores enemigas de las mujeres son las del mismo sexo.

Cuando alguno de esos jefes territoriales tan petardos pregunten "¿Por qué el matrimonio Amarillo Ríos se ha llevado sus posiciones a la competencia?", a ver como explica Lupe que fue por una simple cuestión de orines.

domingo, 12 de febrero de 2017

El "coach" en la empresa

Acabo de terminar un libro que encargué a mi librero del barrio hace poco. Había leído una reseña en el periódico sobre "La gran ola" de Daniel Ruiz García. "Lúcida sátira sobre el mundo empresarial", decían de la obra, y decidí que tenía que leerla, a ver si encontraba coincidencias con mi vida laboral o con la de mis compañeros.

El libro lo he leído de un tirón y eso es buena señal. El sector en que se mueven los protagonistas es una empresa de productos de limpieza y, todos son unos pobres hombres, con muchas más sombras que luces: bebedores, puteros, machistas... Quizá el trabajo y los objetivos, las mediciones constantes, las comparaciones con el resto, el crecimiento por encima de todo, el vivir para la empresa, les hayan convertido en seres un poco despreciables, pero algo ya tenían de serie.

Lo mejor del libro es la crítica ácida al "coach" de la empresa y, en general a todos esos asesores que intentan instalar el positivismo en los empleados a toda costa.

"La puta positividad, con sus bonitos amaneceres de power point y sus frase "new age" y su filosofía de vídeo de dos minutos bajado de "you tube". Aquello era un trabajo, solo un trabajo, pero todo el empeño de Estabile era mezclar trabajo y vida, sustituir vida por trabajo, convertir la vida en trabajo y, encima, hacer de aquello algo feliz"

Cada día, cuando yo abro el ordenador del Banco,  en la primera pantalla siempre hay una frase "bonita" de esas que ponen en algunos calendarios y agendas. Frases  que la gente copia en su estado de Whatsapp o que expande a través de Twiter para parecer más interesante y profundo. Para ser estupendo en las redes y aderezarse con una pátina de filosofía barata, de andar por casa.

En mi trabajo también tenemos un "coach" virtual. Yo creo que no lo tenemos en carne y hueso por mera cuestión de costes. Siento no poderos decir nada de él. Es tan difícil acceder a esa página, tengo que pasar por tal batería de claves y contraseñas nuevas y tengo tan poco tiempo, que no sé si nuestro "coach" es similar a Lorenzo Estabile, uno de los protagonistas de esta novela.

Se habla en uno de los capítulos de "team building", iniciativa para reforzar los vínculos entre familias y empresas y afianzar el sentido corporativo. Más claro: hacer una fiestecita para que los empleados lleven a sus parejas y a sus niños y todos interactúen en un ambiente festivo.  Yo opino como uno de los personajes que se pasean por el libro, que "mezclar trabajo y familia es una aberración". Pero la mayor aberración es que desde la empresa te obliguen a hacerlo.

No veo la necesidad de que la empresa te anime a hacer deporte y participar en eventos deportivos decididos por ella. O de que inste a que seas generoso colaborando con parte de tu nómina con ONGs propuestas por el Banco. Para eso tenemos nuestro tiempo libre, para mejorar nuestro físico, para ser caritativos, para cultivar la amistad. Ese tiempo libre que la Banca y muchas otras empresas pretenden escatimarnos.

"En Monsalves -la empresa de la novela-había hora de entrada pero no de salida" Y los jóvenes, la "savia nueva, el músculo" acatan esos horarios sin rechistar. Os transcribo la visión tremendamente corrosiva de la situación de esta juventud universitaria y trabajadora a la que se tiene tan engañada.

" La savia nueva (...) eran un hatajo de encorbatados, en su mayor parte licenciados y posgraduados, no pocos con dominio solvente de un segundo e incluso un tercer idioma y con nóminas por lo general más propias de un repartidor de pizzas, en el mejor de los casos en el umbral del mileurismo, con las pagas extras prorrateadas y con horas extras tan frecuentes como invisibles en el salario (...) Aún así la mayor parte de ellos ignoraba a sus compañeros de fábrica cuando buscaban sitio en el comedor"

En Banca también hay ciertas diferencias: los que trabajan en los Departamentos centrales, con tareas más sosegadas, y la infantería, los empleados de oficinas, todos los días peleando con la clientela y soportando presiones si no se cumplen las cifras y objetivos que ha propuesto el iluminado de turno. 

Young man in depression

Exactamente igual que en la novela. Da igual la antigüedad y la dedicación, cada empleado queda reducido a un número. Vale en tanto cumpla los objetivos. Si la jornada es de ocho horas, mis compañeros dedican diariamente más de dos  a reportar. Primero, con Augusto, el director, que les traspasa su fardo diario de objetivos. A última hora, audio o vídeo conferencias donde el director de área les examina de lo conseguido ¡en el día!. Como en el colegio, va pasando lista para favorecer la competitividad, la envidia, para hundir más a los últimos de la cola. El que no ha hecho nada, espera acongojado su turno y apenas le sale un hilillo de voz cuando dice "yo no tengo nada hoy" Nada que entregar como ofrenda propiciatoria a esos mediocres mediadores que utiliza el gran dios "Banca" y que solo saben hacer números, imprimir estadísticas nuevas cada día y dar consejos vacíos desde su cómodo púlpito alejado de la realidad. Porque ellos nunca han tratado con los clientes.

Quizá el libro exagere un poco cómo son estos preparadores, asesores, "coaches". Habrá de todo, claro. Pero viene bien estar prevenido, alerta y ser crítico con lo que dicen. 

Es gente que vive de contar sus experiencias y dar consejos una y otra vez. Repitiendo lo mismo en distintos auditorios, cobrando por hablar y haciendo recaer el peso de la felicidad, del bienestar, del progreso, únicamente en el individuo. El clásico "si quieres puedes" explotado al máximo para mayor beneficio de una empresa que no pone casi nada de su parte.

Os dejo con unos pensamientos de Gertru, una de las protagonistas, crítica final a muchos de estos cantamañanas.

"Abrazos, sonrisa, frases motivadoras de saldo pescadas en a almadraba de Internet, sé tú mismo, confía en ti, sal de tu zona de confort. Nelson Mandela, Gandhi, Steve Jobs, John Lennon, Bill Gates, Charles Chaplin, Camus, incluso Duchamp -por dios- todos metidos como un gazpacho imposible en le recipiente buenista y "trendy" del nuevo Pensamiento Mágico (...) Ya no te clavan el cuchillo, ahora te ofrecen sesiones de "coaching" para que tú mismo aprendas a introducirlo en tu vientre, así duele menos, así no se grita tanto"

Intento ser optimista, pero a veces me cuesta. No me gustaría parecer "conspiranoica" pero veo tantas presiones, tan poca preocupación por los trabajadores, que pienso que todas las multinacionales y grandes empresas tienen un objetivo común: mantener a los empleados en un estado de alerta constante, mermar sus defensas, su autoestima, hacerles creer, en fin, que si no se llega a los objetivos propuestos, la culpa solamente es del empleado de la sucursal. 

Siglo XXI: las empresas se gestionan desde el miedo y la coacción. ¿Qué clase de directivos de élite tenemos? ¿O es que, quizá, cómodamente instalados en sus burbujas elitistas, no les interesa saber lo que se cuece fuera de las moquetas de sus despachos? ¿Conocen la realidad de sus empresas, el desgaste anímico de su plantilla, la infelicidad, las depresiones, la agonía que, para muchos, supone la llegada del lunes?

jueves, 26 de enero de 2017

La, la Land o La ciudad de las estrellas

Ayer fui con mi hija a ver la película de moda:¿"La, la land" o "La ciudad de las estrellas" ? Sinceramente, no sé. En mi entrada de cine ponía "La ciudad de las estrellas", pero he visto algunos comentarios en periódicos y hablan de "La, la, land" Este último título no sé muy bien a qué viene, quizá quiera hacer referencia a que es un musical, de ahí lo del "la, la, la".

Pero, atención, aunque  se publicite como un musical, yo considero que es una película con algunas actuaciones musicales. La música no es una constante aunque esté presente. El número musical por excelencia es el primero, y no habrá después ningún baile, ninguna canción, que le pueda hacer sombra. Es original, con ritmo, con gracia, con color, lleno de alegría. Algo imposible de presenciar nunca en la realidad: un montón de gente en un atasco, que sale de sus coches y se pone a cantar y bailar, olvidando ruidos, contaminación y problemas... por un ratito. Cuando acaba la música, las bocinas de los coches comienzan a sonar y se cruzan los dos protagonistas con sus coches. Él le hace un corte de mangas a ella.

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A partir de este encontronazo habrá más casualidades que los acerquen y algo surgirá entre el pianista de Jazz que tiene que tocar no lo que quiere, sino lo que le dicen sus jefes, y la aspirante a actriz, que va de audición en audición en los ratos libres que le deja su trabajo de camarera.

Asistimos a audiciones, a fiestas, nos introducimos en los locales en los que toca Sebastian, el protagonista. Hay música, colores vivos, vestidos preciosos que se mecen con los bailes. El tiempo va pasando y nos lo hacen notar poniendo ¡carteles! donde dice: invierno, primavera, verano... Yo no entiendo mucho de cine pero me pareció un recurso un poco pobre. Creo que hay otras formas de que los espectadores aprecien el paso del tiempo.

En este proceso de conocimiento entre ambos protagonistas me quedo con la escena del claqué con la ciudad iluminada al fondo, y la escena en que Mia, la protagonista femenina huye de una cena que era un rollo pretencioso y aparece delante de una pantalla de cine (me recordó a "La rosa púrpura de El Cairo", de Woody Allen) buscando a Seb con la mirada.
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Todo tan romántico, tan bonito, con una música tan perfecta... la película ideal. Pero claro, los protagonistas también tienen sus problemas, porque el amor no hace que consigan trabajar en lo que ellos desean y siguen intentando hacerse un hueco en esa ciudad de las estrellas (estrellas de cine, de la música) Así que... baño de realidad, que no se quede la película en un semi-musical de amor tierno. 

A veces la realidad puede con las ilusiones. Nos pasa a todos, trabajamos en lo que hemos podido, no en lo que hubiéramos querido. En ocasiones se cambian ideales y preferencias por subsistencia. Muchas parejas tienen trabajos en lugares distantes entre ellos. Hay malentendidos: uno dice una cosa, otro entiende algo distinto. Uno es más suspicaz, otro no tiene tacto. Las cosas no se aclaran. Problemillas, en fin, a los que los protagonistas no son ajenos. Pero los espectadores sabíamos durante toda la película que ahí había una gran historia de amor, de las buenas, y que ese amor podría con todo.

Y llegó el último cartel indicador del paso del tiempo. "Cinco años después" La película se precipita vertiginosa hacia el final. Los espectadores no sabíamos qué pensar, qué creer. ¿Cual era la historia real? ¿Estaban jugando con nosotros? ¡¡¡Pero qué pasa aquí!!!

Un final, sencillamente, sorprendente, sorprendente, sorprendente.

Id a verla, las dos horas se pasan volando. Pero no puedo decir más, que hace nada que está en cartel. Solo que tanto yo, como mi hija, como las jovencitas de la fila de detrás, pensábamos lo mismo...

jueves, 19 de enero de 2017

Gente a la que le gusta escucharse

Hace unos días estuve en una charla bastante pesada sobre reforma educativa. Yo esperaba algo ameno, divulgativo, con ejemplos concretos y encontré una sucesión de monólogos plagados de porcentajes, listas, puestos de relevancia (o no) de las universidades, y anglicismos varios que podían haber sido perfectamente sustituidos por su equivalente español. Pero, claro, los asistentes nos  hubiéramos perdido la exquisita pronunciación de los ponentes.

Hubo menciones al respecto en las redes sociales. Extraían alguna frase feliz y redonda de los discursos y, aislada de su contexto pesado y aburrido cabalgaba ligera en la red y cosechaba "me gusta" y era "retuiteada" una y otra vez.

Hubo muchas palabras y pocas concreciones. Como en mi oficina. En ambos lugares he tenido saturación de palabrería vacua. Era la primera vez en todos mis años de trabajo en Banca que venía nuestra responsable de Recursos Humanos a visitarnos. Lógicamente , saltaron nuestras alarmas.

-Hola Zarzamora. Soy Úrsula Duro, ya nos conocemos.

-Sí, de aquel desayuno de trabajo al que me convocastéis hace meses, pero nunca habías venido por aquí. Cuando visitáis sucursales nos echamos a temblar. ¿La vais a cerrar, vais a quitar personal...?

-¡No, no! -responde apresurada- Visitaros es parte de mi trabajo, preguntaros cómo os va, compartir inquietudes. Estoy a vuestra disposición para escucharos.

Y, poco a poco, ella solita derivó en palabrería pro-Banco. Todo era bueno, mejor que hace años. Había múltiples canales para exponer nuestras ideas de mejora o nuestras críticas. El Banco quería implicación de sus empleados. Era importantísimo que conociéramos a fondo a los clientes.

Afortunadamente mi entrevista fue la más corta y lo habló casi todo ella. Aunque fuera por disimular podía haber fingido más interés por mí, por lo que hacía, por mi satisfacción -o no- en el trabajo, por mi relación con los compañeros. Un departamento de Recursos Humanos debería cuidar esos detalles.

                              Dos mujeres de negocios hablando Vector Gratis

Pero no, representó su papel pro-empresa, estuvo encantada de haberse conocido y todos nos seguimos preguntando "¿Para qué habrá venido?"

Eso sí, su visita ha propiciado una cierta solidaridad. Ella es el enemigo común. No nos fiamos de sus buenas palabras y pensamos que este tipo de visitas no presagian nada bueno.

viernes, 6 de enero de 2017

Engaño en víspera de Reyes

Ayer, víspera de Reyes, fue un día "raro" en el Banco, con goteo de clientes no habituales. Uno de ellos me estafó. Con un DNI robado, un parecido aceptable con la foto del DNI, que normalmente no suele hacer justicia a la realidad, y una firma exacta a la del cliente, se llevó unos cuantos euros con un aplomo y tranquilidad admirables.

Mi jefa y yo nos llevamos el disgusto al acabar la jornada, cuando una llamada telefónica nos puso al tanto de todo.

-Zarzamora, no te preocupes, va a ser un quebranto y ya está. Imagínate que tú hubieras sospechado algo raro... Estábamos aquí las dos solas, y ese individuo podría haberse puesto agresivo si hubieras dudado de que era él y hubieras retenido el DNI. 

Es de agradecer que mi compañera me tranquilizara, pero me dio rabia acabar así las Navidades, con este  engaño y dándome cuenta de que soy una fisonomista bastante mala. Menos mal que por la tarde, con la compañía familiar, el disgusto se fue mitigando.

Aunque... fue un engaño en el día adecuado.

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Hoy es  el día de Reyes y voy a ser "políticamente incorrecta": no me entusiasma este día. Es más, si me remonto a cuando era niña, creo que nunca me ha emocionado especialmente. Me enteré de la verdad con siete años. Ante mis dudas y para no dejar a una prima mía por mentirosa, mi madre optó -sabiamente- por darme un baño de realidad. No lloré, no me sentí estafada. Indagué, y todos mis porqués de niña en torno a esa noche mágica, quedaron solucionados. De repente crecí, me sentí mayor, poderosa. Sabía algo que ni mis compañeras de colegio -en aquellos años las clases se separaban por sexos- ni mis hermanitos, sabían. Claro está que mis hermanos se fueron enterando bien pronto, porque cuando eres niño es difícil guardar un secreto tan potente.

A mis padres les vino bien ese temprano despertar a la realidad. Pudimos entender por qué nosotros siendo buenos niños y aplicados en el colegio, teníamos tan solo dos regalitos cuando otros desempaquetaban cajas y cajas no solo en su casa, sino en casa de abuelos y tíos. Comprendimos que los Reyes Magos no eran justos pero que nosotros, con menos, teníamos más y éramos más felices.

Con mis hijos repetí la misma pauta, no de forma intencionada, sino porque así surgió. Cuando mi hijo mayor me pilló recogiendo un regalo que me entregaba el cartero, en la puerta de casa, pocos días antes del 6 de enero, no pude mentir. 

-Ven hijo, te voy a contar una cosa y vas a ser el único de tu clase que la vas a saber. No tienes que decir nada a tus compañeros. A los papás de otros niños no les suele gustar que lo sepan tan pronto.

No hubo ningún trauma. Aquel año él nos ayudó con gusto a preparar todo y a mantener en la ignorancia a su hermanita pequeña.

He oído estupideces de todo tipo respecto al momento de la duda infantil. Los padres hacen lo imposible por mantener artificialmente la ilusión.

-Yo creo en ellos. ¿Me vas a decir que mamá está equivocada? (Chantaje emocional)

-Existirán siempre si lo crees en tu corazón (Típica frasecita sentimentaloide)

-Ese amiguito que te ha dicho semejante cosa es un mentiroso. (Fomentarás que tu hijo haga el ridículo en clase y más si tiene ya una edad)

En fin... cada familia es un mundo, pero muchas veces los padres piensan más en ellos, en "su" ilusión, que en lo adecuado para sus niños.

El día de Reyes es un desbarajuste de envoltorios, cajas, juguetes en el salón. Cuando acaba el día, unos padres desquiciados, hartos de intentar entender los nuevos artilugios de sus hijos, se encuentran frente al momento más duro:

-¿Dónde narices vamos a guardar estos trastos?

Ahí es cuando vendría bien un poco de magia que agrandara espacios en las casas, normalmente pequeñas, en que vivimos. 

Lo mejor del día de Reyes es el Roscón. Su sorpresa no ocupa apenas sitio y el bollo siempre desaparece.


  

martes, 20 de diciembre de 2016

El Belén



He estado unos días de vacaciones y el día de mi vuelta Augusto, el director de la oficina, me dijo nada más verme:

-Zarzamora, vas con retraso, a ver cuando pones el Belén.

-Mira, ya vengo preparada.

Y le enseñé una bolsa fuerte del súper, cargada con palos, líquenes, hojas secas, serrín, y pequeños arbustos. En mi viaje de vuelta me había dedicado a recoger material en alguna de las paradas que hice.



El director de zona, durante mi ausencia, les había animado a todos los empleados a decorar la sucursal. La verdad es que estos jefes son unos impresentables, porque el espíritu navideño hay que sentirlo, y vivirlo. 

Lo que deberían hacer es dejar de presionar día tras día, dejar de machacar constantemente  con nuevos asuntos, todos prioritarios. No puede ser que todo, absolutamente todo sea para ayer, como les gusta decir. ¡Son tan poco originales en su vocabulario!

Cuando todo es tan urgente los empleados nos colapsamos, andamos como pollos sin cabeza, alocados, alelados, sin saber a qué asunto, pues todos son urgentísimos, dedicarnos. Y es que mis jefes no saben ejercer cómo tales, y cuando, abrumada por la gente que viene a la ventanilla y las múltiples tareas que me dejan a traición mientras estoy atendiendo, les pido que digan qué hacer primero y qué dejar para luego, me dicen, como niños enfurruñados:

-No te quejes, yo también tengo mucho trabajo. Esto es lo que hay.

-Ya, pero tú eres la jefa y la responsable de mis tareas. Espero tus órdenes -le dije a Lupe.

Me tocan las narices con la respuesta "esto es lo que hay". Compendio de acatamiento, cobardía, sumisión, resignación, obediencia ciega. Esto es lo que hay... la nueva esclavitud del siglo XXI.

Con esta situación, como para dedicarse a decorar la sucursal. ¡Falta tiempo!

¡Pero si la Navidad está a punto de llegar! Y yo escribo este libelo tan contrario a la paz, amor, entendimiento.

Puse el Belén, y el árbol, porque lo hago todos los años, sin que me lo digan mis jefes. Porque me gusta, lo hago muy bien y siento que así es más Navidad. Y porque soy humana, mucho, y disfruto cuando los clientes me felicitan por lo bien que ha quedado, o cuando quieren hacer una foto de mi Nacimiento para tomar ideas para el suyo. 




Algunos critican a la alcaldesa, a la que ven como enemiga declarada de los Belenes -sinceramente, pienso que exageran- y me animan a continuar con esta bonita costumbre.

Se dice que la tradición belenística se inició en cierto modo con S. Francisco que, en 1223 convocó a los vecinos de Greccio en una gruta con un pesebre y allí celebró la misa. Se popularizaron en España con el rey Carlos III, el que fue el mejor alcalde de Madrid, en el siglo XVIII, cuando introdujo en España la costumbre italiana. Fueron famosos los belenes napolitanos en los que se recrean situaciones y vestimentas propias de la aristocracia de la época. Y, ya se sabe, si un rey pone algo de moda, los más cercanos, los nobles, expanden esta moda. Poco a poco, el Belén se fue popularizando y no faltaba tampoco en los hogares más humildes.

Yo disfruto sobre todo con la ambientación: caminos, follaje, río, bosquecillos, pueblos... Cualquier Belén es bonito porque lo importante es la ilusión con que se pone. Por eso pienso que es una tradición que continuará, porque gusta a todos, sean cristianos o no.

¡Feliz Navidad a todos! Y a colocar un Nacimiento en casa, aunque sea pequeñito.