martes, 13 de febrero de 2018

¿Amor en el Banco?

No sé si es fácil enamorarse en el lugar de trabajo. Entre mis conocidos no conozco a muchos cuya pareja sea compañero o jefe.

Cuando entré en el Banco en periodo de prácticas,e iba de sucursal en sucursal, me tropecé con un inspector -en aquellos años no se llamaban auditores- que revisaba en la propia oficina, de arriba a abajo, los documentos, para asegurarse de que todo estaba bien, sin irregularidades.

Él se enamoró de su mujer en la sucursal en la que inició su andadura profesional. Eran sucursales grandes,con mucho personal joven y el amor era más fácil que ahora, en que hay oficinas con solo dos personas. Me contaba que lo llevaron en secreto y los colegas se enteraron al recibir la invitación de boda.

Yo llevo ya mucho tiempo en mi actual destino y he oído de todo. Un jubilado que viene de vez en cuando me habla de roces y tocamientos consentidos en los archivos del sótano, estancias frías y solitarias que a mi me dan auténtico pavor y que recorro con prisa histérica cuando tengo que buscar documentos. Todo eso pasaba en épocas en que yo ni me planteaba qué estudiar, y mucho menos pensaba que acabaría trabajando en un Banco. En fin...hace muchos, muchos años.

También era un secreto a voces la relación "adúltera" de una directora con un cliente, ambos casados. Salían a desayunar a diario y me extrañaba que él la llevara por los hombros, en plan pareja. Yo, recién llegada, no comentaba nada al respecto. Pensaba que quizá eso fuera normal y yo era un poco antigua. Yo no veía más que ese detalle y algún beso en la mejilla.

Pero un compañero muy cotilla, que me recordaba una comadreja, me sacó de mi inocencia. Coincidía con él en el metro y en esos momentos me hablaba en clave, con medias palabras, como si yo ya estuviera al tanto de los chismes internos. Yo agradecía compartir con él tan solo una parada porque me producía una repulsión casi física. Mis pensamientos eran para mi bebé y pasaba de comidillas.

-Ji, ji, ji...-reía como una hiena mientras mantenía el equilibrio en la barra del metro- ¿No te has fijado que cuando D. Liberto va a congresos de su empresa también falta la directora y se toma uno o dos días libres?

-Será casualidad -le dije a Comadreja

-No, no, no. Esos dos se entienden.

Yo encogía los hombros y le veía desparecer por la puerta del vagón mientras soltaba la última frase con su sonrisita despreciable.

-¡Qué ingenua eres Zarzamora!

A mi pesar he de decir que mi compañero Comadreja tenía razón. Muchas fuentes me confirmaron después que entre los dos había una relación que excedía la normal entre cliente y directora. Pero ambos siguieron con sus matrimonios. Felices los cuatro, como dice esa canción. O no. Nunca lo sabré.

Luego viví cosas divertidas, primeros amores, que son más bonitos. A raíz de una de las fusiones llegó un compañero de la otra entidad: joven, guapete, que encantaba a las señoras y a las jóvenes. Le perdonaban las sandalias que llevaba en verano y su pelo largo. Su simpatía les cautivaba. 

Ambos estábamos en mesas contiguas. Vino una jovencita a abrir una cuenta. En los tiempos en que yo abría cuentas este trámite duraba cinco minutos. Ahora con toda esta tecnología punta se emplea una hora. La estudiante era rubia, delgada, con unos estupendos ojos claros. 



-Oye Zarzamora, cuando vuelva esta chica la próxima semana a recoger la tarjeta, por favor, haz lo posible por que vaya a mi mesa.

Efectivamente, Olga volvió y le mentí descaradamente diciendo que estaba ocupada y que Rubén Fuertes le atendería. La joven se marchó con la tarjeta y con una cita para cenar con él el fin de semana. Ella volvió a su país y la amistad no llegó a más. 

Pero Rubén finalmente encontró el amor en una de las clientes que venía casi a diario a hacer las gestiones de su empresa. También ésta con unos ojos azules magnéticos. Recuerdo la sorpresa de mis compañeros cuando un día le vieron después del trabajo paseando de la mano con ella.

Otro amor surgió en la cola de la ventanilla, en tiempos en que las ventanillas las atendían mayoritariamente hombres que no tenían ni un simple taburete donde sentarse durante la jornada. El trabajo se hacía de pie. El cliente oyó hablar en francés a dos mujeres y cuando se iban a marchar le dijo algo en ese idioma a una de ellas. Pero Frances no era francesa, sino americana y ahí, con ese malentendido empezaron las risas y las explicaciones. Entablaron conversación, se encontraron algún otro día y el acercamiento fue a más.



-Sí Zarzamora, este Banco me acribilla a comisiones, me trata muy mal -hay veces que le da por quejarse de todo sin grandes motivos- pero siempre le guardaré cariño, porque aquí conocí a mi mujer.

El matrimonio, sus tres hijos y sus nueras son clientes de mi oficina.

El amor nace en los lugares más insospechados. Lo que hace falta es que crezca y que dure. ¡Feliz día a todos los enamorados, especialmente al que tengo a mi lado al que, por suerte, no conocí en el Banco!


lunes, 29 de enero de 2018

Quiero tu cuerpo

A veces me sorprendo de las cosas que me cuentan los clientes tomando un café, o delante de mi ventanilla. Con total naturalidad. No sé si ven algo especial en mí que les hace pensar que soy una receptora adecuada o si, sencillamente, consideran que algunas cosas es mejor contarlas a gente con la que tienen un cierto grado de amistad pero que está alejada de su entorno habitual y no conoce personalmente a su familia ni amigos. Y ahí estoy yo, con las características idóneas.

-Venga, vamos a tomar un cafelito -me dijo Raimundo Caballero- que le voy a decir al pelma de tu jefe que te deje salir un ratito.

Raimundo conoce a Augusto desde hace años y siempre me dice algo que yo comparto: "Es muy pesado tu director, muy pesado"

Sentados ambos en una mesita de una cafetería cercana, la conversación comienza con trivialidades pero no resulta forzada.

-¿Qué tal el fin de semana? -me pregunta.

Y después de contarle brevemente mis reuniones familiares y mis paseos por el monte -él es también aficionado a la naturaleza- me dice:

-Yo quedé con una chica el domingo.

-¡Cuéntame! ¿La conociste por Internet? ¿Qué tal?

Reconozco que estas nuevas formas de contacto suscitan en mí muchas preguntas porque conocí a mi marido en una época en que no existía Internet. Nunca  me he metido en las páginas en las que Raimundo se maneja con tanta soltura.  

Raimundo, divorciado, sigue incansable buscando una nueva media naranja y en estas edades maduras, la única opción -o la más rápida- parece ser lanzarse a las redes sociales donde hay numerosos grupos para buscar pareja.

-Era domingo por la tarde, estaba aburrido, chateé un poco con ella y quedamos a mitad de camino de nuestras casas a tomar un café.

-¿Y cómo supiste que era ella? -pregunté ingenuamente.

-Todos tenemos puesta una foto, Zarzamora. Mira, a ver qué te parece la foto que tengo yo.

Me enseñó varias fotos que tenía en distintas redes. En todas trajeado y con corbata. Convine con él en que reflejaban bastante bien cómo era. Incluso en una de ellas tenía un corte de pelo de hace meses que no le hacía especialmente atractivo. Eran fotos sin ningún retoque.

-Ella me engañó. En la foto parecía agraciada y al natural era fea. Y bastante mayor que yo.

Intenté hacer de abogada del diablo: todos tenemos días malos en que nos levantamos con peor cara; la edad no es tan importante, sino el interior, la amabilidad, la conversación...

-No, no salió bien Zarzamora. Además yo tenía que madrugar al día siguiente. Charlamos un poco, tomamos el café y me fui con la excusa de la carretera nevada.

-¿Entonces no la vas a volver a llamar?



-Luego ya en casa, recibí unos mensajes suyos. ¡Que quería mi cuerpo, me dijo, que cómo no me había dado cuenta! ¡Pues podía habérmelo dicho antes y no cuando ya estaba en mi casa!

Yo tenía que preguntar todo. A mí ya no me dejaba con la historia a medias.

-¿Y si te lo dice antes qué haces? ¿No le pones la excusa de la carretera nevada?



Pero Raimundo confesó que casi se alegró de recibir el mensaje después, que no se veía emparejado con ella, que era fea. Me dio penilla que la hubiera rechazado tan drásticamente por fea y por haber mejorado su foto de perfil. Él ya había borrado su contacto.

Y como colofón de esta conversación me dijo que los hombres son más serios y buscan relaciones duraderas, pero que las mujeres que él ha conocido buscan rollitos de noches esporádicas o de unas vacaciones -si son pagadas por el hombre mejor- y que no se quieren comprometer. Que hay mucha más gente en estas redes de la que yo me pueda imaginar y que él no se ha encontrado nunca con mujeres extrañas o peligrosas.

Cuando ha tenido algo más que un café, ha ido con la mujer a un hotel. Allí hay cámaras, los dos entregan su DNI y si en algún momento, a posteriori, ella decidiera acusarle de algo falso (violación, abusos) en todo momento se vería que ella no había ido forzada al lugar. Según él, una denuncia falsa de una mujer que se anuncia en Internet como buscadora de pareja, tiene pocas posibilidades de prosperar ante cualquier juez normal.

Raimundo Caballero es precavido. Él, de edad madura, correcto, con buen sueldo, no quiere problemas. Sigue con la esperanza de tener otra vez una mujer en su vida. Pero está difícil la cosa.

jueves, 18 de enero de 2018

Hoja de reclamaciones

Ayer vino una señora con ganas de enfadarse. Desde luego, ella no ha hecho buenos votos para este año 2018 aún en fase de "calentamiento".

Ya vino en otra ocasión y se había quejado porque yo no le entregué los billetes con la adecuada delicadeza y se los había arrojado al mostrador con brusquedad.

Cuestión de percepciones. Ciertamente, puedo dejar el dinero con más o menos prisa, pero no creo ser una lanzadora olímpica de billetes.

Aquel día preguntó por las hojas de reclamaciones pero, finalmente, desistió de reclamar nada. No sé si porque fue consciente de la estupidez de esa queja o porque pretendía que la dichosa hoja la rellenara la propia Lupe, la subdirectora, a lo que ésta se negó.

Ayer vino seria. Mucho. Como si cualquier gesto agradable costara dinero. Me dijo que quería hacer una transferencia.

-Voy a hacer una transferencia al casero: 600 de casa, 38,50 de gas, 15 de agua... -iba diciendo de corrido.

-Le dejo una calculadora -le dije mientras le entregaba una- para que le sea más fácil hacer las cuentas.



Me miró altiva y respondió con superioridad.

-Mire señorita, sé muy bien el total que tengo que transferir, pero no creo que se hubiera herniado si me hubiera hecho Vd. los cálculos.

No le contesté. Me mantuve impasible -eso molesta mucho a los buscadores de gresca- y le fui pidiendo su DNI para buscar su número de cuenta -que no lo tenía ni aprendido ni apuntado-, el importe total, el destinatario, la cuenta y nombre del beneficiario, las observaciones...

Una vez hecha la operación le di el papel para que lo revisara y firmara. Con sumo cuidado lo deposité en el mostrador. Cuando pensaba que ya habíamos librado y se iba a largar esa bruja, me preguntó:

-¿Para poner una reclamación?

No me pude aguantar, y repliqué:

-¿Cual es la queja?

Se enfadó.

-Señorita, es Vd. una antipática y no sé como pueden tener en el Banco a gente como Vd. atendiendo al público.

Nuevamente no me alteré. En el fondo este tipo de gente me divierte.

-Las reclamaciones las recibe la subdirectora. En la mesa de la derecha -le indiqué con la mano.

Por segunda vez se marchó sin hacer nada. De camino a la puerta se giró con cara de mala leche. Nuestras miradas se cruzaron. Yo, la antipática, sonreía levemente y no bajé la vista. Volvió a girarse al salir de la oficina. Yo seguía mirando. Solo mirando.

Estoy segura de que eso le fastidió un montón. Pero será difícil que prospere una reclamación porque una empleada la ha mirado. Eso es todavía más absurdo que quejarse porque la cajera le ha ofrecido una calculadora en vez de ofrecerse a hacerle sus cálculos domésticos.


miércoles, 3 de enero de 2018

El Gasco, un pueblo al final de la carretera

En el ya lejano mes de noviembre, mientras yo disfrutaba de mis últimos retales vacacionales, en mi oficina todo era un caos.

-Mira Zarzamora -me dijo Lupe en cuanto volví- porque sabía que estabas lejos... Si te hubieras quedado en la ciudad te habría llamado para que, por favor, vinieras.

Mi jefa Lupe, con esa mala salud que, en gran parte, es culpa suya, se había puesto enferma. Fue tan solo un día el que faltó y la oficina se quedó en manos de los dos empleados más incompetentes: Augusto, el director, y Claudio Bobo, el comercial "exquisito" que tiene muy claras sus competencias y se sacude incidencias y clientes con un desparpajo pasmoso.

No sé cómo, pero sobrevivieron a esa jornada caótica y Lupe, aún muy "malita", fue a trabajar al día siguiente y se encargó de arreglar los desaguisados de la pareja.

-¡Menos mal que estaba en un lugar donde, aunque lo hubieras intentado, no me hubieras podido telefonear! -le dije.

Y es que pasé unos días en Las Hurdes, una preciosa zona en el norte de Cáceres, lindando con Salamanca, injustamente estigmatizada en el siglo pasado como zona pobre y de habitantes primitivos. Quizá la película "Tierra sin pan" de Buñuel, en los años 30, colaboró en esa injusta visión.

El Gasco es una pedanía o alquería. Un pueblecito pequeño en el angosto valle que surca el río Malvellido. Allí acaba la carretera, que hubo que ensanchar para que el autocar que lleva a los niños al colegio pudiera dar la vuelta.

Vista del pueblo. En el extremo derecho se ve  la plaza ensanchada.

El bar-restaurante "El Bodegón", abierto hace siete años, ha dado mucha más vida a este pueblo de menos de 100 habitantes. En uno de los apartamentos rurales de este joven matrimonio con dos hijos, nos alojamos.

Fue el lugar de descanso ideal para esta pareja de urbanitas aficionados a la naturaleza que somos mi marido y yo. Allí el ritmo lo marcaba la luz. Nos despertábamos cuando el sol rozaba las cumbres de las montañas cercanas, con el sonido de los cencerros de las cabras y el claxon del panadero, porque allí el pan viene sobre ruedas.

Después del desayuno teníamos todo el día para para pasear por los preciosos parajes que hay en las cercanías.
Presa de Arrocerezal en el cercano pueblo de "El Cerezal"

Chorro de la Meancera que, con la falta de agua, era chorrito.
En lugares así el reloj sobra. Cuando el valle se quedaba en sombras yo disfrutaba junto a la chimenea leyendo. O tomábamos  algo en el bar, punto de encuentro de los vecinos, que enseguida sabían que había llegado un forastero porque detectan cualquier coche nuevo ajeno al vecindario. Todos simpáticos y acogedores, deseosos de conversación.

Esta zona pedregosa, que no hubiéramos encontrada de no ser porque nos guió Jesús, un joven del pueblo, es el "Volcán del Gasco", donde hace muchos miles de años se estrelló un meteorito. Quedaron restos de piedra pómez que en el siglo pasado se usaron en abundancia para desgastar pantalones vaqueros. Ahora ya no quedan. 
Algunos cerezos en el valle del río Malvellido.



Volví a mi rutina urbanita recordando el olor a humo de chimenea que impregnaba el pueblo al atardecer y el sabor de los madroños maduros que comimos alegremente en una de nuestras excursiones. Aún sentía ese sol otoñal que abrillantaba las hojas doradas de los cerezos y castaños que salpicaban el paisaje. 

Madroños en su punto. Listos para comer.

Aún hoy, pasados ya casi dos meses, mantengo algo del reposo y la languidez de unas vacaciones donde todo fue a un ritmo, no más lento, sino más humano.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Atada a la prisa

No sé perder el tiempo, y me estoy dando cuenta de que es un grave defecto. Cuando uno de mis hermanos, de pequeño, mosconeaba constantemente  en casa "me aburro", pegado a las faldas de mi madre, yo no le entendía. Y mi madre, menos, por supuesto. Ella era, y es, de esas madres heroicas que dedicándose en exclusiva al cuidado de una familia numerosa han trabajado más que yo con mi doble jornada laboral y doméstica. Mi madre no sabía tampoco lo que era aburrirse.

Yo leía, pintaba y hacía manualidades en esos momentos que mi hermano -el aburrido- no sabía como llenar.

Esta afán por hacer útiles todos los momentos de mi vida me genera cierta prisa. No llego al extremo de tener una agenda para el control de mis actividades personales, pero el calendario grande de la cocina suele estar con muchas anotaciones de asuntos no rutinarios que olvidaría de no apuntarlos.

En el trabajo la rapidez es básica en mi puesto para que los clientes no tengan que esperar mucho. Pero a veces voy rápida porque el resto de compañeros me dan muchas tareas para hacer cuando "tenga un ratito" y mi afán es ir a toda velocidad para quedarme libre de clientes y poder hacer todo. El hecho de tener trabajo pendiente que se va acumulando es como el zumbido del aire acondicionado o de la nevera: parece que no molesta, pero cuando cesa se nota un gran bienestar  

Un buen paseo por el monte sí que ayuda a recuperar el sosiego

Y soy bastante tonta, porque me acelero y el resto de compañeros muchas veces dan palique innecesario a quien les interesa. Así que, mi primer propósito navideño y del nuevo año: dar más cariñito a los clientes -a los que se lo merecen- y si se tercia un poco de charla no desaprovecharla, que ellos y yo lo agradeceremos.

En el metro suelo ir leyendo, que está muy bien, pero hoy me he dado cuenta de lo relajante que es ir en el vagón observando, sin hacer nada, dejando navegar la mente por donde ella quiera. Debo reconocer que hoy ha sido por fuerza mayor: me he dejado las gafas en el trabajo y mi única opción era mirar. Sorprendentemente no todos los pasajeros estaban pendientes del teléfono. Unas señoras charlaban, otra observaba a su bebé, un caballero dormitaba, unos chavales comentaban temas de la universidad. Yo  me forzaba a relajarme y a disfrutar de ese rato de "aburrimiento". Y ha acabado siendo placentero. Segundo objetivo: perder el tiempo sin remordimientos.

A ratos hago cositas para compartir con la familia en Navidad. También es muy relajante. Pero hay que tomarlo como distracción, no como obligación.

En estas fiestas ni siquiera pienso ir de compras al centro  o a contemplar las luces. Esas calles peatonales de doble sentido para intentar organizar la masificación  no me atraen mucho. Los comercios, calurosos y atestados, me dejan un poco catatónica y sin ganas de compra. Coger el metro hacia el centro de la ciudad en estas fechas, me angustia. Otro objetivo a cumplir: evitar las masificaciones y las compras compulsivas

No quiero que la prisa me rodee, así que, poco a poco mi intención es tener nuevas rutinas más tranquilas, porque ni la vida ni el trabajo han de convertirse en una maratón. 

De ahora en adelante solo voy a correr cuando me lo mande la profesora de gimnasia. Y a mi ritmo, que una ya tiene una edad. Yo no soy como Augusto, que tiene una vértebra magullada por jugar al tenis y... caerse, claro. Si es que a su edad y con ese cuerpo, debería dedicarse tan solo a pasear, que es más sano y más seguro. Y, lo peor es que no pide la baja. Con lo bien que  estaríamos durante las Navidades sin él.


A todos los que aún tenéis un poquito de tiempo par leerme con calma (o con prisa) os deseo una muy feliz Navidad, y que con nuestros escritos sembremos Paz, Amistad y Sonrisas.

martes, 28 de noviembre de 2017

¿Conciliación?

Hoy ha faltado la subdirectora, Lupe, porque tenía al niño malo. Estos días de ausencia se le descuentan de sus vacaciones. No tiene abuelos, ni maternos, ni paternos, en la ciudad y no va a mandar al peque al colegio -aunque a veces, desesperada, lo ha hecho- con una fiebre de más de 38º.
Resultado de imagen de dibujos niños enfermos
Mi Banco apuesta por la conciliación laboral, pero me temo que solo a efectos de discursos bonitos y lemas en la página de los empleados. No tiene directivos que se pongan en el lugar de la madre, o padre, con hijitos repentinamente enfermos.

Cada vez que falta Lupe por estos motivos familiares de fuerza mayor, el director pone cara de pocos amigos y masculla molesto a primera hora:

-Ha llamado Lupe, no viene porque tiene al niño malo.

Yo le noto el cabreo interno, le leo sus pensamientos malos: cree que Lupe es una jeta, que falta demasiado, que debería organizarse de otro modo con los niños. Él, hombre, procedente de antiguas hornadas de bancarios, ha dedicado, y dedica, todas sus jornadas al Banco. No come en casa, sale tarde de la oficina (ojo, esto no quiere decir que sea eficiente, actualmente es un trabajador completamente ineficaz) llega a su casa y su esposa (también trabajadora) le tiene preparada la cena. Probablemente nunca ha bañado a los niños, ni les ha ayudado con los deberes. Pero siempre ha ganado un buen sueldo para llevarles a un  colegio concertado de cierto prestigio y a actividades extraescolares.

Si los niños de Augusto enfermaban tenían abuelos dispuestos a atenderles. Yo también he tenido a mis padres para esos casos de apuro y no he tenido necesidad de faltar al trabajo, pero hay quien por desgracia está lejos de su ciudad de origen, sin familia al lado de la que tirar para estos casos. Y hay que ponerse en su situación. Pues él no lo hace. Está de morros cuando falta Lupe. Y, asustado de su propia incompetencia, en esos días en que el trabajo ha de salir con una empleada menos, lo que hace es "amurallarse" en el despacho. No colabora más, al contrario, se hace pequeñito, se resguarda en su guarida y retiene a los clientes amigos mucho más tiempo del habitual para aparentar que hace algo importante.

La relación del director con la subdirectora es un tira y afloja de amor-odio; de necesidad-rechazo. La critica, considera que no es buena trabajadora porque no es lo servil que él desearía y se enfada cuando falta porque la realidad es que depende demasiado del trabajo que ella realiza.

Con mandos intermedios como estos mi Banco no puede erigirse en adalid de la conciliación. Quizá la entidad tenga buenas intenciones, pero estos mequetrefes hacen que cuando un hijo pequeño enferma, los padres sufren por partida doble: por la enfermedad del niño y por no saber cómo decir al superior de turno "no puedo ir, mi niño está enfermo"

sábado, 11 de noviembre de 2017

Empatizando con los clientes

Son las 23:30 de la noche y llevo tres cuartos de hora, en mi casa, intentando hacer una operación bancaria a través de Internet.

Me he puesto en la piel de tantos clientes a los que se les pide encarecidamente, es más, se les obliga casi, a hacer un montón de cosas por Internet. Y es que la Banca ya no está para atender a clientes y solucionar sus pegas, solo está para vender. Primero, los comerciales venden  (más bien, colocan) y, luego, el cliente se queda a solas con sus claves, sus accesos, su ordenador, tablet, movil y... su desesperación.

Se me ha revocado mi firma electrónica por motivos que no acierto a comprender, y he decidido llamar al teléfono que me indica la página para solventar el problema. Me atiende una chica amabilísima, mucho más que yo en mi ventanilla -y que conste que soy muy agradable- y me pide el DNI, unos datos parciales de mi clave de acceso (en los Bancos hay clave de acceso y firma electrónica; que no sea por falta de números, códigos y seguridades)

Me mandan un nuevo código al móvil, que no es el definitivo. Es un código para poder conseguir una firma electrónica provisional que solo me durará un día. Y después de teclear en un apartado escondido de la página web de mi Banco (que no hubiera encontrado de no ser por la ayuda de la operadora) tengo que colgarla y volver a llamar para que otra simpática señorita o caballero me asigne ese código efímero de un día. ¿Considerarán un día  24 horas a partir de ahora, o se acabará esta clave provisional a las 12 de la noche de este día agonizante, como el encanto de la Cenicienta?

           

Vuelvo a llamar, me desesperan los preámbulos enlatados que ya me conozco, las indicaciones de los números a pulsar según lo que vaya a solicitar. Me agobia mi marido diciendo que estoy llamando desde el móvil y que esa llamada me va a costar un dineral. Me agobio yo pensando que mi operación bancaria se va a convertir en calabaza a las 12 de la noche porque lo más probable es que esa clave que aún no he conseguido caduque al final del día y no a las 24 horas de su complicada consecución.

Cuelgo. Que le den morcilla a la Banca on line, a Internet, a las mil claves que pueblan mi agenda de los "números secretos" que es la rechifla de mis hijos, pero que a mí me vale.

Mañana iré a trabajar a mi sucursal, como todos los días, me haré yo misma la operación, me pediré yo misma una nueva clave y me sacudiré esta frustración nocturna.

Porque, además, navego fatal por esta página para usuarios de a pie. Las opciones están escondidas, la letra es pequeña, todo es disperso. Me he sentido fatal porque llevo trabajando años y años en Banca y me atasco con esto, que en teoría debería ser mucho más simple que los programas con los que trabajamos los empleados.

¿Y si no fuera yo? ¿Y si fuera el Banco, mi Banco, abanderado -supuestamente- en avances digitales? Cuando accedía a las cuentas de la comunidad de Propietarios -me tocó ser presidenta- era todo muy fácil. ¿Quizá porque era otro Banco?

La experiencia me ha servido. Desde ahora empatizaré mucho más con toda esa clientela que viene a mí, desesperada, después de haber gastado tiempo y energías intentado hacerse las cosas "on line"

Sé que esta era digital nos empuja a todo esto, a una sopa de claves y números que danzan en nuestro cerebro. Claves numericas, alfa-numéricas, de cuatro posiciones, de 8, con retorno de códigos al móvil, con bloqueos si te equivocas varias veces o si tecleas mayúsculas cuando son minúsculas. Además uno ha de buscar claves no demasiado obvias, hay que descartar fechas de nacimiento o nombres familiares para sortear las intromisiones de "los malos", hay que tapar el teclado en el cajero y en el súper para evitar cotilleos.

El bolso ha de estar a buen recaudo, cerquita del cuerpo, cerrado, porque dentro va parte de nuestra vida: el móvil con fotos que nunca descargamos y cuya pérdida lamentaríamos, y con la agenda de teléfonos que ya no tenemos en papel ¿para qué?; las varias tarjetas de crédito que se supone simplifican nuestra vida, el DNI que hace que seas ciudadano, que seas alguien y sin el que se te cierran puertas de aviones, bancos, organismos...

En días así no estoy segura de si la vida es más fácil con tanta conexión. De momento cierro mi ordenador y voy a dormir, que necesito también apagar mi terminal cerebral. ¡No son horas para nada más!

lunes, 16 de octubre de 2017

"Mejorando" los apellidos

Hoy me he quedado "ojiplática", a cuadros, asombradísima. Sabía que hay gente pretenciosa y "snob" y gente pelota y servil, pero no a estos niveles.

Un cliente decidió cambiar sus apellidos. Voy a ser más precisa: cambiarlos no, alargarlos. A algunos les parece que para estar en la élite empresarial, cultural o política hay que tener apellidos acordes con ese status. Y para ellos un apellido largo y lleno de conjunciones y preposiciones otorga prestigio.

Valgan como ejemplo los apellidos del difunto banquero D. Emilio Botín Sanz de Sautuola y García de los Ríos, que los fue empalmando unos con otros para que no se perdiera ningún apellido de sus abuelos. Una exageración; esta barbaridad no hay base de datos que la aguante.

A mi cliente, Jesús Antonio García Gordo, no le debió parecer glamuroso alterar el orden, que es lo más fácil. Aunque Gordo es un apellido mucho menos frecuente que el mundialmente conocido García, tiene connotaciones que no le debieron de gustar a D. Jesús Antonio, que siempre va hecho un pincel, con trajes a medida y músculos de cincuentón trabajados en ginmnasio. ¿Gordo de primer apellido? Ni soñarlo. Es más, convendría relegarlo al final de esa retahíla de nombre y futuro primer apellido compuestos que ya pergeñaba en su cabeza.

Se le ocurrió apropiarse del segundo apellido de papá: Palacio. Aunque el padre hubiera sido un modesto charcutero en un mercado de barrio, su apellido era digno de gente de la nobleza. ¿García-Palacio o García del Palacio? ¿Guión o preposición? Cualquier opción fardaría más en su tarjeta de visita que un García mondo y lirondo.

Cuando un ciudadano quiere hacer cambios de este tipo ha de demostrar que se le conoce habitualmente por el nuevo apellido. Jesús Antonio García había de demostrar ante quien correspondiera que durante años y años se le conocía por Jesús Antonio García-Palacio.

Y habló con el director de la sucursal.

-Mira Augusto, ya sabes que quiero mantener por cuestiones familiares el segundo apellido de mi padre, Palacio, que se va a perder...

Pues claro que se va a perder, como los apellidos de todo hijo de vecino; es que no podemos conservar todo lo viejo. Esto lo digo yo, claro, no Augusto, que enseguida se solidarizó con el falso sentimentalismo de Jesús A. Si es que a mi jefe se las cuelan todas, todas, todas. Y le utilizan.

Augusto comprendió ese exacerbado amor paterno-filial que pretendía, con gran esfuerzo, restaurar para sus descendientes el glorioso apellido "Palacio". Y no dudó en hacer una trampa a petición del amante hijo descendiente del charcutero.



Escribió unas cuantas cartas con membrete y remite del Banco, fechadas en distintos años, selladas, y dirigidas a D. Jesús Antonio García-Palacios. Ciertamente no decían nada comprometedor: pedían una cita para hablar de las inversiones, informaban de que la tarjeta estaba a su disposición en el Banco o le comunicaban que Augusto era su nuevo gestor bancario. 

Con esas cartas falsas nuestro cliente conseguirá demostrar que era conocido por ese nuevo apellido desde tiempos inmemoriales y conseguirá el cambio. Lo que no sé es si aprovechará algún ascenso en su fulgurante carrera profesional para estrenar su nuevo y esplendoroso apellido entre gente nueva. Quedaría un poco ridículo que sus compañeros de trabajo de toda la vida, los que le han conocido por García Gordo, se encuentren de la noche a la mañana con esta reconversión en García-Palacio G. Sí, pongo G punto, porque al Gordo le queda poco recorrido visto el postureo de este hombre.

domingo, 1 de octubre de 2017

El guardaespaldas


Perdonad porque una vez más me distraiga de mis comentarios "bancarios" y ne dedique un poco a comentar momentos de ocio. Este fin de semana he visto junto a mi hija un nuevo musical, el que da título a esta entrada.

Había carteles anunciándolo por todo Madrid y decidimos hacer un exceso y pagar dos entradas. No eran de las más caras, pero desembolsamos, sacándolas por Atrápalo, 60 Eur cada una, redondeando unos centimillos. Estábamos en patio de butacas, fila 16, en zona lateral. Se veía bien el conjunto, pero nos fue imposible distinguir los ojos gatunos de Maxi Iglesias, el guardaespaldas.

                     Resultado de imagen de musical el guardaespaldas reparto
Se alternan dos actores en el papel de guardaespaldas (Maxi Iglesias e Iván Sánchez). El papel de Rachel Marron, la protagonista, recae en una artista mexicana llamada Fela Domínguez. Ella, junto a Damaris Martínez, que interpreta a Nicki Marrón, la hermana, cantan todo, solas o ayudadas de coros, con una voz excelente.

A Maxi Iglesias le conocía de verle hace años en televisión, en una serie que veía junto a mis hijos, "Los protegidos". Luego le vi en la primera temporada de Velvet y me daba la impresión de que no vocalizaba demasiado bien, pero ayer en el teatro se le entendía perfectamente. Él no canta en la obra, salvo en una escena de karaoke.

Los decorados son cambiantes y se suceden sin que el espectador casi se de cuenta: Clubs, teatros, casa de la protagonista, interiores, casa en el campo... todo está perfectamente ensamblado y sincronizado. La informática y las nuevas tecnologías ayudan a una mayor espectacularidad teatral. Los cambios de vestuario son muchos y también muy rápidos. Precioso el vestido final de la protagonista.

Rachel Marron tiene un hijo y este papel es desempeñado también por distintos niños. En mi representación actuaba un crío morenito, muy seguro al actuar y que bailaba muy bien.

Alguna pega... pero que no lo es tanto: las canciones son todas en inglés y al no entenderlas podemos perder matices de la historia, pero como también se habla bastante, la trama queda muy clara.

Yo vi la película en su momento y recordaba vagamente una historia de amor entre un guardaespaldas y una artista famosa. Ni siquiera recuerdo si el final era feliz o no. Tengo que volver a ver la película para ver si coinciden los detalles con lo que vi  en el teatro.

Y aunque yo no soy muy entendida en canciones, todos los temas que se cantaron en la función me resultaban familiares. Yo suelo escuchar una emisora musical en el trabajo. La sintonizamos bajito y es nuestra música de fondo. Oigo canciones de refilón, casi a nivel subconsciente, pero se me van quedando más o menos grabadas, aunque no sepa ni el título ni quién la canta. En fin, que ese es mi bagaje musical y como ya son melodías tan clásicas y tan repetidas -la película "El guardaespaldas" es de 1992- yo estaba contentísima de que me sonara todo, absolutamente todo.

Recomiendo al que pueda que vaya a ver esta obra. Son dos horas y media de teatro musical, con un intemedio. El tiempo se pasa volando, el interés no decae, y la voz de la protagonista no tiene nada que envidiar a la de la protagonista de la película de los 90, Whitney Houston.

Al final, todos los espectadores aplaudíamos en pie mientras los actores saludaban y nos regalaban una última canción y una coreografía con todo el elenco bailando.

Este musical ya es para mí el mejor de todos los que he visto. Es una suerte poder disfrutar de algo tan bonito y de unas voces tan extraordinarias.

Luego, ya de noche y de camino a casa, alejadas del bullicio de la Gran vía madrileña, pasamos por delante del edificio Madrid, en la Plaza se España, actualmente vacío y en espera de remodelación. Los indigentes se acomodaban  para pasar la coche junto a su fachada, que es una exposición de cartones y colchones también por el día. Un grupo numeroso de rumanos desarrapados discutían. Apretamos el paso en busca de un autobús. El lujo y colorido de la obra de teatro, la alegría de la Gran Vía, tan solo a unos metros, habían desaparecido.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El encargo

Hace poco he tenido celebración familiar y en la comida me senté, mejor dicho, me sentaron, porque entré la última, junto a mi marido -que me reservó el sitio- y un cuñado -habitual lector de este blog- al que su esposa había aparcado allí para acomodarse ella en otra mesa.

Al estar las mesas sin nombres, la gente se sentaba según llegaba y los últimos se quedaban en asientos sueltos. En estas celebraciones siempre hay dos familias que no se conocen mucho y yo formé parte de la mesa "frontera" donde se unen personas desconocidas.

Afortunadamente, hubo una pequeña reorganización para que los más jóvenes
estuvieran juntos y no tuvieran que aguantar los rollos de los que les doblamos la edad.

-Zarzamora, tienes que escribir sobre esto -me dijo Marino, mi cuñado y admirador incondicional de mi modesto blog.

-¿De qué? -pregunté extrañada

-Pues de esto, del bautizo, de la comida, de la familia.
                   

Le indiqué que eso no tenía nada que ver con los temas que yo trato, que me iba a alejar mucho de mi "línea editorial", pero él me rebatió acertadamente diciendo que he hablado de muchas cosas no bancarias: libros, teatro, vacaciones...

Así que le estoy dando el gusto y os cuento un poquito de nuestra fiesta familiar.

Había varias mesas redondas, grandes, que en principio parece que fomentan la charla entre todos. Pero no, gran error. Solamente puedes hablar cómodamente con los que tienes al lado. Si pretendes hablar con el de enfrente tienes que gritar demasiado porque el diámetro de la mesa es muy grande. Para la conversación tranquila, lo mejor son las mesas rectangulares sin una excesiva anchura.

A mí no me importa estar con gente desconocida porque siempre te pueden aportar cosas nuevas. Pregunté por la relación familiar con el padre de la criatura bautizada, por la ciudad de procedencia... La conversación fue fluyendo cómodamente. Había una doctora de familia en mi mesa, pero no conseguí sacarle ninguna anécdota divertida, como las que yo cuento aquí. Pensé que quizá quiso pasar un poco de puntillas sobre su profesión, porque estará harta de que fuera de horas de consulta le planteen temas médicos.

Y yo tampoco detallé mucho mis cometidos laborales. Para una vez que no tenía a mis familiares cercanos dando la chapa con sus críticas a los bancos en general y al mío en particular... había que aprovechar esos momentos. Siempre tengo que estar defendiéndome de críticas bancarias. Y a mi Banco lo critico yo, pero los demás que se anden con cuidado si meten excesiva caña a la empresa que me da de comer.

El protagonista del evento, la criaturita de cuatro meses, no lloró nada; iba de unos brazos a otros con el beneplácito de sus padres, con total tranquilidad. Y si no estaba con alguien, dormía tranquilo en su cochecito. No se alteraba con nada: una delicia de bebé.



Lo único que nos disgustó de la fiesta fue el nombre de la sala donde disfrutamos del ágape: Sala Cataluña. Nunca mejor dicho, tenemos a Cataluña hasta en la sopa. Imposible obviar este monotema, ni siquiera en una fiesta familiar. Hubo consenso en el hartazgo sobre el asunto separatista y no comentamos nada de ello. Los días de fiesta y de celebración son pocos y no deben estropearse con temas aburridos. Porque hay cosas importantes que no por ello dejan de ser soporíferas.